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El dintel y el cordero


Leer Génesis es leer una historia familiar, la de Adán y Eva hasta Abraham. Pero leer Éxodo es adentrarnos en la historia de una nación. En la época de José tan sólo 70 personas, descendientes de Jacob, llegaron a Egipto para establecerse allí en el conocido periodo de “las vacas flacas”. Para el tiempo en que Moisés aparece en escena en la misión de guiar al pueblo de Israel a la libertad, ya sumaban 3.000.000. Fue una multiplicación extraordinaria, la cual asustó al país anfitrión.

Justamente el crecimiento sostenido y la riqueza que habían acumulado los israelitas fueron motivo de desprecio y recelo por parte de los egipcios. Allí empezó un gran calvario que duró 400 años. Pero pasado este lapso Dios escuchó el clamor de su pueblo, el cual estaba siendo sometido a la peor esclavitud conocida en aquel entonces. La generación de José, quien llegó a ser el principal administrador del imperio, había muerto y una opresora dinastía regía.

Pero había una esperanza en los corazones. Una que el Dios Todopoderoso había sembrado en Abraham y sus descendientes: la Tierra Prometida. Así fue que Moisés respondió al reclutamiento divino y aceptó el desafío gigantesco para liderar al pueblo de Israel al cumplimiento de la tan anhelada promesa.

Génesis narra de alguna manera el fracaso humano tras cada prueba, pero Éxodo introduce a un Dios al rescate que provee la salida redentora, dejando con la Pascua un precedente simbólico en cuanto al sacrificio de Jesús siglos después. La palabra “Éxodo” significa “salida”. Y era eso exactamente lo que Dios proveería a su pueblo.

Antes de que la décima plaga -la muerte de los primogénitos- llegase a afectar a toda la tierra de Egipto, Dios dio instrucciones específicas a Moisés para dar un blindaje de protección a todos los israelitas: el sacrificio de un cordero perfecto y el rociamiento de su sangre sobre los dinteles de la casa. Nótese las peticiones la gran similitud que existe con nuestra actual condición con Jesús:

• “Tómese cada uno un cordero…” (Éxodo 12:3). La salvación es individual. Cada uno toma la decisión de aceptar el sacrificio de Jesús. No existen intermediarios. La fe ajena no te salva.
• “Untad el dintel y los dos postes con la sangre…” (Éxodo 12:22). La sangre en sí no salva, hasta que es aplicada a nuestras vidas.
• “Veré la sangre y pasaré de vosotros…” (Éxodo 12:13). La muerte espiritual ya no tiene dominio, pasará de largo porque estamos blindados gracias al hijo de Dios, el cordero inmolado en el Calvario.
• “Lo han de comer (el cordero)…” (Éxodo 12:7). Entender el orden de las cosas es muy importante. Si la sangre no cubre nuestras vidas, en vano nos alimentamos. Primero la salvación, luego el sustento.
• “Cuando me sacó de Egipto…” (Éxodo 13:8). Una vez celebrada la Pascua en nuestros corazones podemos decir que salimos de la esclavitud del pecado y accedemos a las promesas como hijos de Dios.

En este abril de Semana Santa reflexionemos en lo siguiente: estamos en el año 2014, ¿por qué habría de ser relevante una celebración como la Pascua? ¿Por qué necesitamos entender lo que significan el dintel y el cordero? En sencillas y breves palabras, 1 Corintios 5:7 tiene la respuesta directa al corazón: “Nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros”. Allí está nuestra salvación, nuestro blindaje y nuestro rescate. ¡Cristo ES nuestra Pascua!

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Uvas agrias


 

Lo que los padres toleran, pasa a los hijos. Lo que los líderes toleran, pasa a los colaboradores. Eso de permitir algo que no se tiene por lícito, sin mencionarlo expresamente, es peligroso en el terreno de la ética. Y generacionalmente contagioso.

Jeremías 31:29 expresa “Los padres comieron las uvas agrias y los dientes de los hijos tienen la dentera”. Es decir, las consecuencias de dar la espalda a los principios se traducen en una sensación desagradable en las “encías de los descendientes”. Aunque al comienzo parezca ser un deleite, el resultado final es amargo para ellos.

Una de las frases preferidas de cualquier consultor de la ISO 14001 de Gestión ambiental es: “No existe impacto cero”. Por supuesto que ellos se refieren a la huella de carbono que tienen las empresas. Yo me refiero más bien a la dimensión humana de nuestras decisiones y los hábitos que creamos. Toda elección tiene su derivación. Y a veces éstas salpican negativamente a nuestro entorno.

John Steinbeck escribió:

“Hay un gas de inmoralidad que se infiltra y lo invade todo, y que comienza en el cuarto de los niños para no detenerse hasta las oficinas más elevadas, tanto de las corporaciones como de los gobiernos”.

Ese es un gas invisible, imperceptible, que avanza y escala con los años, que penetra sutilmente hasta ser un huésped bienvenido. Empieza con la permisividad y las pequeñas concesiones, continúa con las faltas intencionales. Es un germen antiético que se incuba en el carácter desde la misma niñez, causando a la postre un grave desenlace. Los hijos e hijas crecen y le dan forma al futuro de una nación. Nosotros vemos los síntomas sorprendidos y boquiabiertos. Señores, eso estuvo incubándose desde hace mucho tiempo.

Que no nos sorprenda ver muchos ámbitos de la sociedad deteriorados. Si bien los cambios son callados y lentos, no quiere decir que las cosas no se estén dañando. Sabemos que cada uno es responsable de dar cuentas por su propia vida y su gestión, Dios estableció la familia para que sea una escuela de valores, un traspaso de cultura y bendición. No estamos hablando de una cadena de montaje, porque sabemos que los seres humanos somos creados más bien como obras artesanas exclusivas y con libre albedrío. Sin embargo, los parámetros son puestos por la autoridad de la casa, por el liderazgo de la empresa. Ponemos el límite de qué se tolera y qué no. Qué tipo de semilla se siembra y cuál no.

“Los padres comieron las uvas agrias…” ¿Cómo están los frutos de nuestro carácter? ¿Qué tipo de liderazgo estamos ejerciendo? ¿Qué ejemplo damos en las casa y en nuestras empresas? Lo más lamentable de dejar corroer nuestro carácter es que las consecuencias no terminan con nosotros, sino que “…los dientes de los hijos tienen la dentera”.

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El delantal de hojas


Adán y Eva. El Edén. Escenario posterior a que ambos comieran del fruto prohibido. El pecado se introdujo a la humanidad. Sobreviene la culpa y se percibe una tensión universal. Dios pregunta al hombre: “¿Dónde estás?”.

Y ocurre algo que hasta entonces no fue necesario: vestirse.

En el principio de la Creación, tanto el hombre como la mujer estaban desnudos, pero no se avergonzaban, los recubría la gloria de Dios. Sin embargo, cuando caen en su primer y fatal error, se esconden y acto seguido se tapan con hojas de higuera. Esperan que este “disfraz” los exima, los proteja, los encubra y los cobije de su desobediencia. 

La culpabilidad y la vergüenza eran desconocidas en ese tiempo, pero esta es la explicación de cómo se introduce y se filtran en los siglos venideros. Si pensamos en el hoy, el delantal ya no está hecho de hojas de higuera, sino que toma otra forma: el de las excusas, el de las tradiciones, el de los mecanismos de defensa, el del orgullo.

Así como el delantal, nos colgamos del cuello todo aquello que nos permitirá aplacar la culpa. Para colmo, nos escondemos. Eso es exactamente lo que ocasiona el pecado: la ruptura con Dios, con nosotros mismos y con los demás.

Nuestros medios no son suficientes, nuestro error no puede ser tapado con hojas, necesitamos redención. La pregunta de Dios “¿Dónde estás?”, nos desarma. Lo irónico es que preferimos evadirla, porque duele, duele mucho fallar. Y cuesta admitirlo porque sabemos que nos esperan las consecuencias de nuestra elección.

Pero una vez que nos damos cuenta que no hay religiosidad, esfuerzo humano, reglas, tradiciones, pretextos, argumentos ni escondite que nos sirvan… nos dejamos encontrar por Dios. Y contestamos “Oí tu voz, Señor, y tuve miedo, porque estaba desnudo y me escondí, pero aquí estoy”.  

Y es allí cuando puede aparecer la verdadera medicina: la gracia. “Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió” relata la Biblia en Génesis. En esa misma confección de vestimenta, Dios les estaba dando a entender a los seres humanos que sus delantales de hojas eran insuficientes; al mismo tiempo, les enseña que el derramamiento de sangre de esos animales que dieron su vida para obtener las pieles eran una anticipación de lo que sería el sacrificio del Cordero perfecto: Jesús.

En definitiva, sólo la gracia de Dios nos puede quitar verdaderamente la culpa, restablecer toda ruptura y vestirnos de gloria. Para ello, necesitamos dejar de confeccionar sustitutos baratos e insuficientes y empezar con un sincero:

“AQUÍ ESTOY”. 

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Paraguay, te quiero próspero


“Los ciudadanos íntegros son de beneficio para la ciudad y la hacen prosperar, pero la palabra de los perversos la destruyen”, dice Proverbios 11:11 (NTV). ¿Queremos una ciudad y un país que prospere? La integridad es el camino. Una mentira puede que parezca el atajo, pero su camino es la ruina. Tarde o temprano, la verdad prevalece y la falsedad se debilita. 

Convengamos que los deshonestos se enriquecen temporalmente, pero es la recompensa de los justos la que permanecerá y la que “…no añade ninguna tristeza” (Proverbios 10:22), ni personal ni familiar.

Hay un escudo para los que caminan con integridad. Se cosecha lo que se siembra. Todos coincidimos en que la corrupción y la mentira terminan por llevar a la deriva cualquier proyecto que tengamos, no existe sostenibilidad allí. Sin embargo, la integridad propicia el curso favorable de las cosas y determina éxito en los emprendimientos.

No importa cuán instalada esté la costumbre de coimear, evitar impuestos, mentir en la rendición de cuentas, exagerar los beneficios de los productos, inflar números, aprovecharse del puesto para ventaja personal, robar dinero o suministros, hundir a otros para escalar, ¡¡la mentira sigue siendo mentira!! Que sea practicada masivamente no la convierte en aceptable. Jamás.

Y aunque a la verdad se la pueda ignorar, pisotear, subestimar, aunque la pasen por encima los mismos líderes de la empresa, eso no la debilita. Sea practicada por una multitud o por una minoría, ¡¡la verdad sigue siendo la verdad!! Siempre.

Cada vez que nos encontremos en la encrucijada, optemos por la verdad.

Ella nos protegerá. No sólo seremos recompensados por Dios, sino que nuestra ciudad y país serán beneficiados. ¡Nunca permitamos que la lealtad ni la honestidad nos abandonen! Tengámoslo presente sin importar el lugar que ocupemos en el organigrama empresarial, ni el tamaño de nuestro negocio. 

El mismo capítulo de Proverbios dice que si un pájaro ve que le tienden una trampa, sabe que tiene que alejarse. Aunque vengan las propuestas jugosas, las ocasiones de incurrir en lo ilícito, aunque sea lo más fácil y rápido al momento, no caigamos en la tentación. Su fin es la ruina y nuestra decisión sólo añadirá tristeza y vergüenza a nuestro entorno.

Quizá el versículo más contundente que encontré fue que “El Señor detesta el uso de las balanzas adulteradas, pero se deleita en pesas exactas”. Seamos exactos, justos, correctos y diligentes.

No queremos ver en ruinas a nuestro país, entonces erradiquemos la mentira de nuestras empresas, de nuestras familias y de nuestra persona. Si queremos ver próspero a Paraguay, si queremos favorecerle, ¡abracemos la verdad!

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La vida de saco roto


Tanto afán, tantas horas invertidas, tanto riesgo… para que no alcance.

“Ustedes siembran mucho, pero cosechan poco; comen, pero no quedan satisfechos; beben, pero no llegan a saciarse; se visten, pero no logran abrigarse; y al jornalero se le va su salario como por saco roto. Así dice el Señor Todopoderoso: ¡Reflexionen sobre su proceder!”, Hageo 1:6-7.

Reflexionen, dice. Es decir, consideren nueva y detenidamente sus pasos. Paren un rato. Piensen, sin prisa. ¿No es una constante frustración? ¿No es un esfuerzo diario por tratar de llenar un alma que parece insaciable? ¿No se siente un hueco? ¿Como un agujero que lo absorbe todo?

Esa es la vida de saco roto. La que necesita constantes estímulos para sentirse plena. La de alegrías con fecha de vencimiento al final de cada día. Aquella cuyos tejidos del corazón se desgarran y no logran alojar el contentamiento. Se trabaja, se come, se bebe, se compra… y la satisfacción no se queda, sino que se va, siempre se va.

Cada jornada es una búsqueda por algo que llene, que tape un vacío. Pero la respuesta definitiva para un corazón así no reside en los bienes ni en las relaciones pasajeras, ¿dónde se encuentra? A lo largo de mi vida he experimentado que si dejo que Dios actúe en mí y ya no me centro en mí misma, dejo que mi saco no simplemente se remiende con arreglos temporales, sino que sea cosido desde cero, con hilos fuertes y permanentes. Esto hace que hace que todo lo sembrado y cosechado forme parte de una existencia plena, completa y sin parches.

Una de las mejores sensaciones al dejar atrás la vida del saco roto es que nos desprendemos de la necesidad constante por acumular y por anestesiar el dolor de un vacío. En vez de ello, encontramos deleite en Dios y en el dar. Porque la dinámica en su reino es al revés, a medida que damos… nuestro saco se va llenando.

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Un retorno con fuerza


Hola, luego de todos estos meses 🙂

Va un breve párrafo de justificación: el silencio desde el 8 de mayo de 2012 se debió a que asumí un nuevo desafío laboral, a que tuve una lesión de rodilla a mediados del año pasado [que derivó en cirugía y largos meses de fisioterapia], a que tuve que dedicar lo que me quedaba de tiempo libre para escribir artículos correspondientes a compromisos, y les soy más sincera: el silencio se debió también al cansancio.

Pero este espacio nuestro nunca salió de mi mente. Hay esbozos de posts en mi cabeza, en mi diario, en la libretita roja de ideas que me acompaña a todos lados, en la sección de notas de mi celular, en e-mails que me enviaba a mí misma. Sólo que me los reservé, los callé para más adelante.

Hay tanto por contar. Espero dosificarlo a lo largo del año.

Pero no podía faltar un apunte de aprendiz para la nueva pizarra: el silencio es la ausencia de ruido, es la abstención de hablar, es la pausa musical que permite ganar fuerza.

El silencio es la interrupción del movimiento, de la agitación, es ese intérvalo utilizado para renovarse, es el time-out basquetero para recuperar el aire.

Les cuento que el domingo me senté en medio de un arroyo. El agua me llegaba hasta el cuello, estaba fría, lo que me hizo sentir tan viva. No sentí prisa, de hecho, mi reloj digital [que supuestamente era a prueba de agua] se me descompuso. Y en enero, luego de años [no sé cuántos], contemplé el atardecer desde un río. Mi punto es que estas cosas no se hacen en el frenetismo.

Realmente tenía la mente saturada, necesitaba despejarla de la cantidad de “nubes”. Me tomé un tiempo fuera, medio forzoso, pero créanme que me ayudó. Estoy en pleno proceso de reingeniería personal y es lo más emocionante que me pasó en mucho tiempo. Claro que me inquietaba el hecho de ver empolvado el blog, pero no quise hacer ruido por hacerlo nomás. No quise hablar por hablar nomás. Hay mucha parlotería dando vueltas por ahí y yo respeto en sobremanera el tiempo que ustedes invierten en leer un espacio como éste.

Así que, luego de 10 meses rompo el silencio porque me siento lista para un aumento gradual del sonido. Es tiempo para un crescendo del blog y un retorno con fuerza.

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Contentarme :)


Era temprano en la mañana y la calle ya tenía un tráfico semi-caótico. Estaba en una subida, el semáforo cambió a verde, puse en primera, aceleré y dos segundos después vi cómo mi termito con café caliente puesto en el asiento del co-piloto voló y fue a parar al piso, desparramando el líquido sin piedad sobre la alfombra. ¿Mencioné que el semáforo dio verde y que estaba en una subida [auto mecánico]? Rápidamente quise recoger el termito pero los bocinazos impacientes me obligaron a continuar y presenciar impotente aquel derrame.

Mi primer pensamiento fue “@#~!%*”. El segundo fue “¡Grrr, qué maaaal día!”.

Dos cuadras después, en medio de mi pirevaísmo, apareció el tercer pensamiento: “¿Realmente es un mal día sólo porque se te derramó el café? Si sos consciente de lo que es tener un mal día, te reirías de esto, es más, lo agradecerías”. Y allí, con la alfombra mojada y sin desayuno, me empecé a reír. Me reí con ganas, me reí mucho.

Seguido se presentó un cuarto pensamiento: “Contentamiento”. Esa alegría a prueba de problemas. Esa resolución de gozarse a pesar de las circunstancias. Esa satisfacción nacida de la decisión.

“…he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación”, Filipenses 4:11.

Este es Pablo hablando. Un hombre que tuvo días terribles y días gloriosos. Al igual que él, ¿nos animamos a tomar la resolución de contentarnos, sea lunes o viernes, sea en la multitud o la soledad, sea en la salud o la enfermedad, en la riqueza o la pobreza, en la presión y la tranquilidad? ¿Nos sumamos al desafío de proteger nuestro buen humor y nuestro entusiasmo hasta donde sea posible? ¿Nos atrevemos a impedir que el problema detrás de la esquina nos arruine el día?

A veces se torna difícil, lo sé. Hay jornadas donde nos aguardan noticias devastadoras, de aquellas que nos quiebran. Para esas ocasiones guardemos las lágrimas y la verdadera tristeza. Pero para el resto de los días, seamos agradecidos por el mismo privilegio de respirar y vivir, y quién sabe… hasta por el derrame de un café.