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Si hay voluntad, hay respuesta


Mucho se habla de responsabilidad social, ambiental y económica. Estamos llenos de libros, seminarios, congresos, especializaciones, blogs, indicadores que, en su conjunto, positivamente promueven un modelo de gestión que considera el impacto total de las actividades con todos los públicos con los que se relaciona la empresa.

Pero para que toda esta teoría se traslade a la realidad de las empresas (esa que aparece los lunes a la mañana), se empieza por el compromiso del liderazgo. Responsabilidad significa responder. Y frente a una pregunta o situación, somos libres de optar por el silencio adrede, la indiferencia o el compromiso. En este escenario, responder es una decisión, nace de la voluntad de cada uno de los integrantes de la empresa. Lastimosamente, hay quienes se mueven netamente dentro del piso de la responsabilidad corporativa, que es la ley, y nunca trascienden más allá de ella. Hacen lo justo y necesario, con los papeles en orden y sanseacabó. En Paraguay llegar a este nivel de legalidad hasta es admirable, aun así, todavía es un nivel básico de actuación. Tenemos el cimiento, pero no el techo de aspiración.

Necesitamos entender que hasta que la voluntad no aparezca, seguiremos con la teoría abstracta, con la misión y visión pegadas como coquetos adornos por la pared. Responder es impostergable. Involucrarnos es fundamental. La generación del “no te metas” debería ser reemplazada por el “metete cuanto antes”.

Hasta que los empresarios que dicen ser cristianos (mayoría en el país) no practiquen su fe en sus trabajos, seguiremos teniendo conductas contradictorias. Hasta que la ética y los valores no sean transversales en todo, seguiremos con oleadas de problemas. Seamos honestos, los mismos colaboradores de la empresa saben y perciben la falta de integridad de sus directivos. Porque no se es líder porque se tiene el micrófono, sino porque se tiene el ejemplo. Se da un discurso en público y se ratifican en la privacidad.

El compromiso de los empresarios cristianos debería destacarse en estos tiempos, más que nunca. El mundo adolece de consecuencias por la falta de respuestas. La luz se hizo para brillar en la oscuridad, no para esconderla y “exponerla” los fines de semana en las iglesias. De lunes a viernes, allí es cuando se necesita marcar una diferencia.

¿De qué nos sirve tener como norte la Biblia o un Código de Conducta Ética, si en el día a día las hacemos letras muertas y se empolvan en un cajón? Sólo la voluntad hace que cobren vida. Hay que poner el foco no en las transgresiones y potenciales sanciones, sino en el estilo de vida QUE SÍ debemos llevar, en la clase de respuesta QUE SÍ nos comprometemos a dar para ser parte de una empresa diferente y sostenible.

Hay que sumarse a la construcción de una nueva cultura empresarial centrada en la persona y que busca dar respuesta. Hay que desarrollar una mentalidad de misioneros en el mundo empresarial. Necesitamos que nuestro trabajo sea nuestro testimonio, un reflejo de quiénes somos y no sólo de qué hacemos. Tenemos la oportunidad de ser parte del progreso y del fortalecimiento de las familias. Así es que el desafío llama: ¿cuántos guardarán silencio, cuántos darán la espalda y cuántos responderán “Heme aquí”?

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Selectivos


El intercambio de conocimientos con colegas,  los cursos-seminarios-congresos, las clases magistrales de catedráticos, el tráfico de ideas, informes, publicaciones y experiencias… resulta enriquecedor. A ello sumarles esas conversaciones de café, esas pláticas durante los breaks, esa mentoría que se puede recibir de forma no premeditada, esos tips que nos pasan, esas recomendaciones de “tenés que leer esto, tenés que asistir a tal curso, tenés que ver tal película, tenés que conocer a tal persona…”

El escritor y filósofo estadounidense, Eric Hoffer, dijo en una oportunidad:

La sociedad verdaderamente humana es la sociedad del aprendizaje, donde los abuelos, los padres y los niños son todos estudiantes.

El tren de nuestro aprendizaje no tiene estación final. Su trayecto es infinito. Entusiasma en sobremanera saber algo nuevo, cada día. Pero de forma paralela, también nos llega un flujo de información/invitación que alcanza niveles estratosféricos. Todas demandan nuestra atención. Y pensamos “hay tanto que no sé, hay tanto que no puedo abarcar, hay tanto… hay tanto”.

En el siglo XXI los canales para recibir información son casi incontables. Estamos abombados.  Y precisamos de un filtro, porque no todo lo que “toca el timbre” es digno de que le abramos la puerta. Hay que poseer olfato de sabueso para identificar lo que nos edificará en verdad, y lo que nos hará perder el tiempo [incluidas las horas de trabajo].  Hay que ser selectivos.

Escoger qué y quién dejamos que nos influencie, qué y quién se lleve nuestra atención, qué y quién nos ocupe, qué y quién incida en nuestras decisiones, qué y quién tiene la puerta abierta con un cordial “Adelaaaante, pasá nomás”.

En suma, no absorbamos cualquier influencia. No aceptemos cualquier invitación. No invirtamos el tiempo en trivialidades.  No le abramos la puerta a todos [puede haber un lobo vestido de oveja]. Estemos atentos por lo que tendrá un efecto positivo, por lo que nos hará mejores personas, por lo que esté alineado a nuestra escala de valores y prioridades. Al resto, enviarle a la caperta de “Correo no deseado” 😉