Publicado en Apuntes de aprendiz

El delantal de hojas


Adán y Eva. El Edén. Escenario posterior a que ambos comieran del fruto prohibido. El pecado se introdujo a la humanidad. Sobreviene la culpa y se percibe una tensión universal. Dios pregunta al hombre: “¿Dónde estás?”.

Y ocurre algo que hasta entonces no fue necesario: vestirse.

En el principio de la Creación, tanto el hombre como la mujer estaban desnudos, pero no se avergonzaban, los recubría la gloria de Dios. Sin embargo, cuando caen en su primer y fatal error, se esconden y acto seguido se tapan con hojas de higuera. Esperan que este “disfraz” los exima, los proteja, los encubra y los cobije de su desobediencia. 

La culpabilidad y la vergüenza eran desconocidas en ese tiempo, pero esta es la explicación de cómo se introduce y se filtran en los siglos venideros. Si pensamos en el hoy, el delantal ya no está hecho de hojas de higuera, sino que toma otra forma: el de las excusas, el de las tradiciones, el de los mecanismos de defensa, el del orgullo.

Así como el delantal, nos colgamos del cuello todo aquello que nos permitirá aplacar la culpa. Para colmo, nos escondemos. Eso es exactamente lo que ocasiona el pecado: la ruptura con Dios, con nosotros mismos y con los demás.

Nuestros medios no son suficientes, nuestro error no puede ser tapado con hojas, necesitamos redención. La pregunta de Dios “¿Dónde estás?”, nos desarma. Lo irónico es que preferimos evadirla, porque duele, duele mucho fallar. Y cuesta admitirlo porque sabemos que nos esperan las consecuencias de nuestra elección.

Pero una vez que nos damos cuenta que no hay religiosidad, esfuerzo humano, reglas, tradiciones, pretextos, argumentos ni escondite que nos sirvan… nos dejamos encontrar por Dios. Y contestamos “Oí tu voz, Señor, y tuve miedo, porque estaba desnudo y me escondí, pero aquí estoy”.  

Y es allí cuando puede aparecer la verdadera medicina: la gracia. “Y Jehová Dios hizo al hombre y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió” relata la Biblia en Génesis. En esa misma confección de vestimenta, Dios les estaba dando a entender a los seres humanos que sus delantales de hojas eran insuficientes; al mismo tiempo, les enseña que el derramamiento de sangre de esos animales que dieron su vida para obtener las pieles eran una anticipación de lo que sería el sacrificio del Cordero perfecto: Jesús.

En definitiva, sólo la gracia de Dios nos puede quitar verdaderamente la culpa, restablecer toda ruptura y vestirnos de gloria. Para ello, necesitamos dejar de confeccionar sustitutos baratos e insuficientes y empezar con un sincero:

“AQUÍ ESTOY”. 

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