Publicado en Iglesia emergente

Si hablas, ¿el mundo escucha?


Es el primer post explícito que hago sobre la Iglesia y el cristianismo. Antes de que los ateos, agnósticos o no-simpatizantes de este tipo de tópicos huyan con un rápido clic, les pido una oportunidad.

Me basé en esta pregunta, como columna vertebral:

Si hablas, ¿el mundo escucha?

Hay gente puro bla-blá. Hay gente carismática. Y hay gente influyente. Este tercer grupo es el que produce verdaderos efectos sobre otros, así como el imán con la aguja y la luz sobre la vegetación.

Los charlatanes dicen algo todo el tiempo, cuando los influyentes tienen algo que decir. Hay una gran diferencia allí. Los carismáticos, por su parte, tienen como ventaja la elocuencia, pero los buenos discursos y charlas motivacionales -carentes de un mensaje profundo- sólo funcionan para entretenernos… y luego irnos a casa iguales. La verdadera influencia está en que nuestro mensaje tenga la suficiente fuerza moral y espiritual para producir cambios en los destinatarios.

¿Dónde se halla ese poder, ese valimiento, esa autoridad para que otros nos presten atención? Está en nuestro ejemplo, que repercute en nuestra credibilidad, que a la vez nos permite comunicarnos con sabiduría y verdad para influenciar en otros. Soy enfática: en nuestro ejemplo.

En su libro La iglesia emergente, Dan Kimball dice que predicar en la cultura actual “…tiene que ver con nuestros corazones, matrimonios, soltería, familias, amigos, creatividad, discurso, actitudes, cuerpos, acciones, bromas, susurros, gritos, miradas, secretos, pensamientos y sí, nuestros sermones también”. En otras palabras, nuestra vida en sí es una predicación y nuestro cristianismo es transversal [atraviesa cada área].

Me duele escuchar que la gente no quiere ser parte de la Iglesia por culpa de la hipocresía que ven en los miembros de la misma. “No viven lo que predican”, es el reclamo, por ende no nos quieren escuchar. No obstante, tomémoslo como un dato revelador: el mundo pide a gritos AUTENTICIDAD y COHERENCIA. Pide que encarnemos lo que predicamos.

Jesús vino a la Tierra a enseñarnos, apoyado en sus acciones concretas. En ningún momento él suavizó su mensaje ni quiso ganar un concurso de popularidad con las doctrinas de turno. Él fue auténtico, confrontó la mentira y defendió la verdad. A sus discípulos desafió a que continuasen el proceso: “Les he puesto el ejemplo, para que hagan lo mismo que yo…” [Juan 13:15, NVI].

En la Modernidad bastaba con hablar bien y fuerte para que la gente “pare el oído”, pero el paradigma cambió. Tu influencia será impactante sólo en la medida en que ejemplifiques tu mensaje y seas genuino. Me fascina lo que Brian McLaren escribe en su libro Más preparado de lo que te imaginas. Él dice que la influencia vigente ya no proviene de los discursos amenazantes o de los largos monólogos, sino de hacer discípulos a través de la conversación, de la amistad, de la influencia, de la invitación, de la compañía.

La gente quiere saber qué hay detrás de tus lindas palabras, busca dar un vistazo a los entretelones de tu vida. Busca experiencia, busca aval, busca empatía, busca “tu carne y hueso”, busca antecedentes, busca autoridad. Y si encuentran este respaldo, te oirán, te leerán, y por ende, te seguirán.

Por supuesto, no en todos surtirá el mismo efecto. La parábola del Sembrador en Lucas 8, dice que hay palabras que caen junto al camino, sobre la piedra y sobre espinos. Pero, aquí está la gran victoria: “Mas la que cayó en buena tierra, éstos son los que con corazón bueno y recto retienen la palabra oída, y dan fruto con perseverancia” [Lucas 8:15]. Podemos ser canalizadores de la Palabra de Dios, que inspire a otros mejorar, cambiar, perseverar.

Eclesiastés 12:11 dice algo muy interesante: “Las palabras de los sabios son como aguijones; y como clavos hincados son las de los maestros de las congregaciones…” Esto significa que nuestro mensaje tiene doble propósito: ser aguijones para movilizar, para despertar de un letargo, para motivar a que se siga adelante, para estimular el progreso moral y espiritual. Y en otros momentos su propósito es ser como clavos, para sostener, para fijar algo, para plantar y echar raíces de convicción.

Finalmente, mi pregunta para la autoevaluación es: ¿el mundo, nos está escuchando?

* Publicado en la sección “La arena del liderazgo” de la revista Somosuno, edición julio-agosto.

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3 comentarios sobre “Si hablas, ¿el mundo escucha?

  1. muy cierto!!!.. a veces hay que pisar tierra y no vivir siempre en las nubes x ser reconocido.. ser realmente transparentes y vivir lo que se predica

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