Gracias por recibirnos, Sur del país


Uno no se enamora de su país por libros de texto o por comentarios de terceros; uno tiene que verlo, sentirlo, olfatearlo, descubrirlo, admirarlo, mezclarse entre su gente, empolvarse de él. En resumidas cuentas, ser su testigo presencial.

Decidimos acortar distancias, sentir el palpitar de todo. Sencillamente, acercarnos los unos a los otros.

Fue así que con un grupo de jóvenes, llamado PROtagonistas, fuimos parte de un tour de 48 horas en bus rumbo al sur de Paraguay. ¿La consigna? Conocer emprendimientos que, a través del arte, el turismo y la empresa, desarrollan a la comunidad circundante.

Primer alfiler en el mapa: la tierra de los irreductibles, Tañarandy [San Ignacio, Misiones]. Allí, Koki Ruíz nos abrió las puertas de su casa del corazón: el Teatro El Molino. Koki es un orgullo nacional, Artista con A mayúscula, que teniendo la oportunidad de vivir en París o New York eligió su amado San Ignacio para a través del arte desarrollar su comunidad; el principal responsable de que Paraguay -a través de Tañarandy- sea la tercera experiencia obligatoria en Semana Santa.

Allí estábamos nosotros, en las primeras filas del teatro, listos para escuchar de su boca un mensaje. Extrañamente, él mismo fue el mensaje. Su templanza, su humildad, su pausado hablar, su tranquilidad, su sabiduría y su paz nos mantuvieron fascinados a todos. Él, sentado en su butaquita, empezó a hablar sobre su niñez, sobre los hitos de su vida; luego nos dio una verdadera cátedra sobre historia paraguaya, cultura de los guaraníes, arte barroco, fe, y sobre cómo apasionarse por lo que uno hace. Hasta nos habló de lo que se siente el techaga’u, y cómo nada se compara con desgastarte por el bien común de tu país. Memorable.

Terminada la charla, a escasos kilómetros de allí, paramos para almorzar. En PROtagonistas creemos que la comida = amor. Hay nexos y vínculos que se fortalecen con los demás cuando compartimos un debate, comida de por medio. Es inexplicable.

Luego de la pancita llena y el corazón contento, pasamos al segundo alfiler del mapa: la plaza principal de San Ignacio. El desafío fue realizar charlas socráticas con las personas [y perder la timidez en el proceso]. La idea era preguntar y preguntar hasta “dar a luz” la verdad en los demás. Creo que Sócrates se hubiese revolcado en su tumba si nos escuchaba, jaja, pero logramos el objetivo de acercarnos, interesarnos por los demás y escuchar sus historias. No hubo rótulo de “soy de la capital” o “soy un outsider“, sino de “somos compatriotas”.

Siguiente alfiler del mapa: Misión Jesuítica de la Santísima Trinidad [más conocida como "Las Ruinas", mote que quieren erradicar], a escasos kilómetros de Encarnación. El sol y la temperatura ideal que nos acompañaron durante el día, dieron paso a la luna llena y al fresquito de la noche. Llegamos a tiempo para disfrutar del show de luces y sonido.

Entramos en grupo, con una guía excepcional, que nos relataba la historia detrás de las “ruinas”, que refrescaba nuestra mente con detalles vívidos e interesantes sobre la convivencia entre jesuitas y guaraníes. Recorrer este lugar tan histórico, con música barroca y sonidos ancestrales de fondo, fue una experiencia única. Si bien el paso de 400 años y el descuido provocaron destrozos y pérdidas en la Misión Jesuítica, pudimos completar “techos”, “paredes” y “recovecos” en nuestra imaginación.

De allí nos llevamos varios aprendizajes. Entre ellos, contamos con guías turísticos de primer nivel [jóvenes]; hay que rescatar nuestra historia y cuidar nuestras huellas, porque tienen mucho que decirnos; viajemos más al interior del país y conozcámonos. Y, por supuesto, la declaración de nuestra guía al despedirse de nosotros: “Acuérdense de que en Asunción no termina todo. En el interior del país hay jóvenes que les pueden sorprender”. Un akâpete para todos. País hacemos de Norte a Sur, de Este a Oeste.

Next alfiler del mapa: Hotel Papillón. Emblemático y remodelado. Para esa altura ya estábamos más cansados que la partera de los 101 dálmatas, pero no íbamos a dormir sin antes disfrutar de una cena deliciosa y del mini-concierto de un cuarteto de guitarras.

El bus estaba presto para salir a las 8.00AM nuevamente. Café aquí, tostada allá, y nos embarcamos rumbo al próximo alfiler en el mapa: Kressburgo, ubicado en el distrito de C.A. López [Itapúa].

Kressburgo es prácticamente una ciudad, pertenece al Grupo Kress, conocidos por sus jugos Frutika®. Visitamos la fábrica, las plantaciones y las oficinas. Impresionante. Sumado a eso, tuvimos el privilegio de ser atendidos por su directiva, Cristina Kress. La persona al frente de todo esto. “Tremenda responsabilidad”, es lo que te pasa por la mente. ¿Y saben qué? Ella tiene 23 años.

Su papá fue quien empezó el sueño, hasta que falleció. Su mamá lo potenció y desde hace tres años, como gran heredera, ella está llevando al Grupo Kress a un nuevo nivel de crecimiento, y en el proceso da trabajo a los pequeños productores aledaños y trae progreso a su comunidad.

Hacer el recorrido de toda la propiedad era casi imposible en el tiempo que teníamos, sólo alcanzamos a ver atisbos del emprendimiento, con Cristina como “guía turística” al frente del bus. Su humildad, su gracia y su capacidad nos sorprendieron.

Llegado el mediodía, compartimos un asado. Las preguntas no paraban de llegar y Cristina, con paciencia, nos respondía cada una de ellas, sonrisa de por medio. Algunos aprendizajes: honrar el legado del trabajo de nuestros padres, creer en el país, arriesgarnos, emprender a corta edad, el dinero no lo es todo, ver los problemas como oportunidades, valorar a la familia, ser diligentes, capacitarnos, trabajar en equipo.

Las horas pasaron rápido, el próximo alfiler del mapa nos esperaba: Encarnación. Así fue que, subimos al bus -abastecidos de varios jugos- y continuamos. Pero, todo viaje esconde sorpresas e imprevistos. Estando casi a mitad de camino, el itinerario fue cambiado. Íbamos a dirigirnos a San Ignacio de vuelta. Koki Ruíz, el artista del primer alfiler, nos había invitado a todos los PROtagonistas a disfrutar de una obra de teatro negro llamada “Qué bella noche”.

Esto fue lo más sorprendente. La directora era su joven hija, Macarena Ruíz. Logramos llegar 10 minutos antes del comienzo. Desde la “Bella Notte”, la luciérnaga enamorada de una estrella, hasta el “Oh Happy Day!”, desde el baile de las africanas hasta el “When the Saints Go Marching in”; desde la habanera hasta el “New York, New York” de Liza Minelli; desde el “Cascanueces” de Tchaikovsky hasta el baile chino, árabe y ruso… todo fue fantástico. Creatividad, juventud y talento.

Este tipo de teatro juega con las luces negras y los vestuarios coloridos, lo que no te permite ver caras y muchos detalles. La obra terminó con un can can y con luces “normales” que revelaron ante nuestros ojos al elenco jovencísimo. Todos fuimos parte de la ovación. Aprendizaje: jóvenes artistas, los necesitamos. ¿Quién mejor que ustedes para tocarnos el alma y para inspirarnos como pueblo?

Eran las 9.30PM. Asunción y las responsabilidades nos llamaban de vuelta. Fin del tour. El par de horas que teníamos en el bus lo aprovechamos para tertuliar, para hablar de nuestra resonancia, del eco que hizo en nosotros el viaje. Surgieron agradecimientos, valoraciones, impresiones, moralejas y hasta subastas [chiste interno].

Retornamos embarazados de un sueño. “¿Cuál es el sueño?”, me preguntarán. Bueno, tengo una compañera en el grupo PROtagonistas, a quien valoro muchísimo y que cada día me sorprende más. Su nombre es Linda Vera [18]. Lean lo que escribió con respecto a este viaje, sobre todo, teniendo en cuenta su edad:

“Me llevo la fortaleza de darme cuenta una vez más que como paraguayos y paraguayas sólo nos hace falta creer en nosotros mismos, identificar potencial donde nos dicen que no hay; generar compromiso alrededor de una idea, fomentar la participación de todos, involucrar, sumar, animar y entregar nuestro trabajo con amor hacia los demás con compromiso, trabajo y fe, fe en lo que uno cree, fe en quienes nos acompañan y fe ¡en algo más grande que nosotros!”

“Aquí nos ven como un país corrupto, con desigualdad social, con baja calidad en la educación, con crisis políticas, con democracia débil y con tanta atmósfera negativa. EN EL SUR hay personas que creen que son PROTAGONISTAS de su realidad y de la transformación de ella”.

“Este viaje inspira la idea de seguir creyendo en nosotros mismos y darnos cuenta de que EL PARAGUAY en verdad es el secreto mejor guardado de América Latina, aquí todo está por hacerse, depende de nosotros sumar, y llevar allá donde ya no crean en nuestros tres colores, la esperanza de que ¡¡sí se puede!!”.

“Estoy agradecida por tantas atenciones y por mostramos ese país que a veces pensamos que no existe, la hierba crece de noche… ¡¡el Paraguay se levanta!! Sigamos creyendo PROTAGONISTAS”.

¡Gracias por recibirnos, Sur del país!

PD: créditos de las fotos a Octa y Robert.

Los harapos y el amor


Estoy suscripta a “The Daily Post”, el cual me propone ideas diarias sobre qué escribir en el blog. Lo admito, nunca le hago caso, hasta ayer. Me desafió a escribir sobre “¿Qué signica el amor para ti?”. Tragué saliva.

Empiezo con una historia. Mientras la gran mayoría de las niñas jugaba con la Barbie [embajadora de la perfección], yo tenía una mona-peluche casi harapienta. A mi mona yo la arrastraba por el suelo a todas partes, si no la bañaba se acumulaba polvo en ella, pero así y todo era mi juguete preferido, casi mi hijita. Cómo la quería. En sí misma era un peluche común y corriente, pero la naturaleza de mi amor fue lo que le dio tanto valor. Secreto entre nosotros: hasta ahora la conservo.

A la Barbie impecable una la compra del escaparate, de una cajita encantadora, de la sección de “Juguetes clase A”, pero a la mona una la encuentra en una cesta al fondo de la tienda, buceando bajo un mar de peluches sin atractivos, con la etiqueta “es lo que hay, no se aceptan devoluciones”.

Supongo que como seres humanos estamos lejos de la perfección de la vitrina, por ende pertenecemos a ese otro departamento del “así como viene”. Somos peluches de trapo, imperfectos, algunos quebrados, coloridos, diferentes y reales, pero he aquí la buena noticia: Dios y algunas personas conocen nuestros harapos y aún así nos aman.

Pero el proceso se pone interesante. Es gracias al amor de verdad que comenzamos a desarrollar belleza. A veces decimos que el amor es ciego, pero el amor de verdad VE, con ojos bien abiertos. No pasa por alto los defectos, sino que dice algo así “Yo no te quiero rehacer, sino que te acepto y te amo como sos, y confío en que mi amor, sumado a tu voluntad de superación, te darán las fuerzas para cambiar tus harapos de a poco”.

Ese sí que es un amor con grandes proporciones de gracia. Un amor más allá de la superficialidad y el interés; un amor que crea valor en lo que se ama. Un amor que no espera algo a cambio todo el tiempo, sino que es feliz en el dar. Un amor que hace de los peluches harapientos un tesoro invaluable.

Nos volvemos más bellos/as mientras más amor recibimos [a veces inmerecidamente]. Y algo interesante para resaltar es que si pretendemos ser juguetes impecables de vitrina sólo podremos ser amados en parte. Mientras más nos conocen -con los harapos- más nos amarán en plenitud. ¿Nunca tuvieron la duda de que una persona sólo las quiere porque conoce la arista linda? ¿Y si conociese más? ¿Se taparía los ojos? ¿Se marcharía? ¿Se desilusionaría? La realidad es que algunos lo hacen…

...pero otros se quedan

C.S. Lewis dice que “todos recibimos caridad, pues en todos nosotros existe algo que no merece ser amado, y nadie tiene la culpa de no amarlo”. Eso me hace pensar en Jesús, quien murió por nosotros cuando éramos harapos, débiles y pecaminosos, pero fue su amor el que nos transformó con el tiempo.

A diferencia de la fascinación [que pasa por alto los errores y piensa que hasta la uña encarnada del otro es bonita], el amor verdadero acepta pero busca la mejoría. Dan Allender escribe al respecto: “El amor auténtico amilanará, ofenderá, molestará o hasta le dolerá a aquellos a quienes amamos”. Esto se debe a que si yo siento amor por alguien debo arriesgarme a decir cosas dolorosas, si el dolor es la única vía de impartir desarrollo. Lo repito: el amor verdadero no evade la realidad, es consciente de todo, pero hay algo tan poderosamente transformador en él que ve todo lo que podemos ser.

Aquí va otro apunte de aprendiz: la persona que más nos ama es la que más nos presta atención. Observa, observa y observa. Da vuelta la cabeza cuando entramos a la sala y nos sigue con la mirada, porque eso es atención. Busca saludarnos, nos hace un guiño, porque eso es cariño. El amor se acerca. El amor nota. El amor oye. El amor recuerda. El amor perdona. El amor hace que de un mar de peluchitos, nos destaquemos con colores para los ojos de alguien.

Alguien es testigo de nuestras vidas. Alguien sabe de qué humor amanecimos y cómo nos acostamos. Alguien sabe de nuestro cansancio, de nuestras luchas, de nuestros logros, de nuestros sueños. Alguien sabe que hoy lloramos, o que hace rato no lo hacemos. Alguien cultiva la transparencia con nosotros. Alguien escucha nuestras confesiones no para levantar una muralla de distancia a modo de decepción sino para construir un puente rumbo a una mayor profundidad en la amistad o la relación. Alguien te da tu espacio y no te acogota; alguien ahuyenta tu soledad; alguien complementa tu felicidad, alguien te pule, te alienta, te desafía.

Amor verdadero. Es lo que Jack Nicholson le dijo a Helen Hunt en “As Good As It Gets”:

You make me want to be a better man

Mi fruto no miente


Imaginemos que somos árboles que, llegado su momento, dan frutos. Y estos provienen de tu carácter, de tu savia, de tu esencia, de quién sos. Las personas se acercan, mironean, arrancan unos cuantos y le dan una probadita. Sí o sí provocamos una reacción: el “Ñaaam” o el “¡Puaaaj!” [posterior escupitajo]. La clave está en si esos frutos están maduros… o verdes.

¿Qué es la madurez? Es la sazón de los frutos, es el “enhorabuena” para arrancarlos, es el tiempo oportuno, es el pleno desarrollo, es la plenitud, es el cruzar la meta, es el relojito que te suena y te indica “listo”. Su antónimo es la inmadurez. El “está verde todavía”, es el punto de partida, apenas el estiramiento del carácter, el principio, la fase perfectible, donde no se está preparado para algo mayor.

El fruto de tu carácter, ¿una cerecita?

Convengamos, no se nace en la madurez, se llega a ella. No se le dice a un niño de 3 años “Qué inmaduro sos”. Pero una cosa es comer un fruto verde de un árbol novel, otra cosa es comer un fruto verde de un árbol cuyo timing ya da para un fruto maduro. A los de 25 años sí ya le refunfuñamos con el “Ya estamos grandes para eso, che”.

¿Cómo se llega a la madurez, entonces? Si pensamos como árboles, meramente con el paso del tiempo. Pero si pensamos en términos de personas, con el paso del tiempo y con la voluntad de perfeccionarnos. ¿Conocen personas inmaduras de 35 años? ¿Conocen personas maduras de 18? Yo sí. El paso del tiempo no te garantiza por sí sola la madurez, hay que añadirle un ingrediente fundamental, que es la voluntad de ser mejor.

Algunos aducen la madurez a la cantidad de obstáculos que pasó alguien en la vida. Sí, es un factor válido, pero todo depende de la resonancia [la repercusión interna] que haya tenido en uno/a. Algunos se tropiezan tres y hasta cuatro veces con la misma piedra, y no aprenden. Otros, sin embargo canalizan dicha experiencia para adquirir sabiduría y dar sazón a sus frutos.

¿Cómo están los frutos de nuestro carácter? ¿Sazonados o verdes? Saben, de lejos el árbol puede tener buena pinta, sus frutos te hacen un guiño, te dan la impresión de que están “ok”, son unas cerecitas seductoras, que tienen el color ideal. Pero ¿será que si otros se acercan lo suficiente y dan una probadita -en buenas y malas circunstancias- se llevarán una sorpresa desagradable? ¿Será que están inacabadas por dentro? Sixto Porras, gran conferencista sobre temas de familia y matrimonio, dijo una vez “Cuando usted se enamora, se enamora de un cuerpazo. Cuando usted se casa, se casa con el carácter”. Más vale que conozcas ese árbol.

Pensemos: ¿Cómo amamos? ¿Cómo discutimos? ¿Cómo aprendemos? ¿Cómo esperamos? ¿Cómo reconocemos errores? ¿Cómo triunfamos? ¿Cómo asumimos una derrota? ¿Cómo gastamos dinero? ¿Cómo interactuamos con alguien distinto? ¿Cómo reaccionamos bajo presión? ¿Cómo educamos a otros? ¿Cómo expresamos disenso? ¿Cómo agradecemos? ¿Cómo celamos? ¿Cómo respetamos? ¿Cómo trabajamos?

¿Cómo son los frutos de nuestro carácter?

Sería una lástima que quien se acerque a nosotros “deguste” nuestra inmadurez, porque es amarga y deja una mala impresión del árbol. Es mi deseo que, si bien vivimos madurando y renovándonos a través de los años, los demás saboreen y perciban con deleite nuestros frutos. Si cometo errores reiterados y me quiero autojustificar diciendo “Pero yo soy buena persona”, este versículo de la Biblia me da un coscorrón cariñoso:

Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos”.

Necesariamente mi comportamiento, mi carácter, mis frutos, mi interacción con los demás, son fiel reflejo de quién soy. Los títulos, acreditaciones o impresiones no me hacen buena o mala persona, son mis frutos. Y estos no mienten.

Decile a alguien


“El libro de los abrazos”, de Eduardo Galeano, contiene una micro-historia que comparto con ustedes para reflexionar hoy:

Nochebuena

Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua. En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar.

Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo queda en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón; se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás.

En la penumbra lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso. Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano:

-Decile a… -susurró el niño-. Decile a alguien, que yo estoy aquí.

*Nada más que agregar

Amistades: lo que llueve y no llueve del cielo


Antes de empezar, va una novedad: este es el primer post co-creado del blog. Le pedí edición y contribución a mi amiga Vivi, porque quería una perspectiva más amplia y realista del tema. Mientras yo veo un avestruz y digo que es un polluelo gigantesco entre pañales, ella dice “Es un avestruz”, jaja. Necesitaba su cable a tierra y a la vez su gran sensibilidad. Haciendo una previa al día de la amistad, realizamos esta cooperación. Esperemos les guste.

Conocer buenos amigos es cuestión de ¿suerte? ¿Es la fuerza del destino? ¿O acaso depende de nuestra voluntad elegir? Aquí va una teoría: hay personas que de verdad “nos llueven del cielo”, no pudimos haberlas buscado, la vida sola nos las trajo un día como un gran regalo. O fue en un evento, o por un tema laboral, por una casualidad o hasta gracias a la presentación de parte de terceros. Y nos conocimos, de entre 7000 millones de habitantes terráqueos, y nuestras personalidades casi de inmediato hicieron ¡clic!

Hasta ahí todo bien con esa lluvia “fortuita” o “destinada”. El desafío siguiente es ¿cómo avanzamos con esa amistad, que todavía está en potencia? Va la segunda parte de la teoría: el arraigo de una amistad no te llueve nunca, ahí nadie tira los dados ni chasquea los dedos esperando crecimiento suertudo. Ahí hay que ponerle trabajo, hay que meter la mano en la tierra y plantar ese vástago, ese esqueje, y cuidar de él para que crezca. “Es como una plantita, que le regás y si no le regás puede morir. Así de sencillo” [ya saben quién de las dos escribió esa frase tan práctica].

Hay que realizar las labores necesarias para que haya frutos. Hay que poner los medios necesarios para mantener y estrechar una amistad. Velar para que la confianza no sufra estragos, poner tiempo, esfuerzo, ganas, afecto, alegría, una buena dosis de perdón [necesaria en toda relación] y también dedicación. Lo de ayer, ya no sirve hoy. Si sobrevivimos de una amistad del “era”, nos quedamos en el pretérito. Apeligramos que el presente te diga: hoy ya no “es”.

El afecto personal nace y se fortalece con el trato. En una amistad, cada reunión, cada conversación, cada intercambio, es un enlace y una concatenación que hacemos con el otro. Son pequeños hilos invisibles que nos unen en el tiempo… y que luego son difíciles de romper.

Esa bóveda llamada Cielo se abre y, sin preparación ni aviso, hace llover a una persona fantástica [quizá en ese momento exacto, donde te sentías en un desierto], PERO depende de nosotros que se quede en tierra, arraigada a nuestra vida.

¿Cómo sabemos a quiénes aferrar a nuestra vida? ¿Cómo discernimos qué amistades nos convienen? Esta es una pregunta clave: ¿ese amigo/a es SALUDABLE para mí? ¿Me hace bien? Dice la R.A.E. que saludable es aquello “provechoso para un fin, particularmente para el bien del alma”. Wow.

De parte de las dos, ¡feliz pre-día de la amistad! ¡Y que sigan lloviendo los buenos amigos!

Las aguas que pasaron


El verdadero cambio se da cuando miramos al error en la cara. Cuando lo dejamos de excusar, de evadir y de llorar. Iniciamos el proceso de ser mejores cuando levantamos la mano como signo del “Me hago responsable”, cuando decidimos dejar de hablar y por fin escuchamos lo que otros quieren decirnos, cuando aceptamos ese diagnóstico que tanto evadíamos.

El verdadero cambio se da cuando ponemos nombre a nuestro defecto de carácter. Cuando lo reconocemos, cuando lo empezamos a detestar y tomamos medidas para superarlo. Se da cuando decidimos bien, un día a la vez. Cuando tomamos al dolor como alarma para entrar en razón, y no como justificación para victimizarnos.

“Si tú dispusieres tu corazón, y extendieres a él tus manos; si alguna iniquidad hubiere en tu mano, y la echares de ti, y no consintieres que more en tu casa la injusticia, entonces levantarás tu rostro limpio de mancha, y serás fuerte, y nada temerás; y olvidarás tu miseria, o te acordarás de ella como de aguas que pasaron. La vida te será más clara que el mediodía; aunque oscureciere, será como la mañana. Tendrás confianza, porque hay esperanza; mirarás alrededor, y dormirás seguro”.

Fue escrito hace miles de años en el libro de Job, en la Biblia. ¿Díganme si su mensaje no es vigente para el siglo XXI? Habla de arrepentirnos, de tomar medidas, de no tolerar en nuestra “casa” el pecado, de levantarnos más fuertes, de olvidarnos del pasado y buscar la esperanza del mañana. Habla de recuperar la paz… e incluso el sueño.

Si cambiamos de nombre, de residencia, de trabajo, de ropa, de opinión, de gusto, de círculo de amigos, pero no tomamos medidas con respecto a nuestros errores, ellos seguirán como huéspedes rebeldes en la casa. Hasta que no les miremos en la cara, les demos nombre y les echemos, no podremos transformarnos en mejores personas.

¿Cómo empieza este proceso? “Si dispusieres tu corazón…”.

¿Y cómo termina? “…te acordarás [de tus errores] como de aguas que pasaron”.

SÍ, HAY ESPERANZA.

Los tenaces


La tenacidad es la capacidad de pegarte a algo, de asirte, de prenderte… hasta que cumpla su propósito. Es estar al límite de que tu ilusión se rompa, pero poner resistencia y continuar; es la determinación de fierro, es pegar tu sueño al pecho con toda la plasticola del mundo. Es decirle “NO” a retrocer. Es decirle “NUNCA” a rendirse.

“Corramos con TENACIDAD la carrera que tenemos por delante”, Hebreos 12:1

No escuchamos la chicharra audiblemente pero, ni bien nos levantamos de la cama cada día, salimos a la maratón de la vida y corremos si no es una, varias carreras. Y lo que permitirá que sigamos avanzando será la tenacidad. ¿Lo observaron? Desde el punto de partida casi siempre hay una multitud apiñada, pero a medida que se acerca el final, ya son unos pocos los que se avizoran. Son los tenaces.

Sí, los que tienen la capacidad de recibir el fuerte impacto de un tomate desde las graderías y aún así pegarse a su sueño y seguir corriendo. Los tenaces. Los que se sobreponen a lesiones, y no las usan de excusa para abandonar la carrera. Los tenaces. Ese grupo selecto que termina lo que empieza. Esos destacados que se resisten a ser rotos, molidos, doblados, desgarrados o suprimidos. Los tenaces. Los que llevan la marca ® de Filipenses 4:13: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.

No quiero mi cachete en la ventana


Qué semanas más intensas e históricas viví en mayo y lo que va de junio. Primero estar en la organización del Encuentro Paraguay Joven, que marcó un hito tras reunir a 500 jóvenes agentes de cambio de lo largo y ancho del país:

Luego otro hito, esta vez deportivo: lograr campeonato invicto con el Club Olimpia en el torneo Top 5 femenino de básquetbol de Primera División [16 partidos sin perder].

En ambos casos, hubo MESES de trabajo arduo, hubo pequeñas y grandes victorias así como circunstancias desalentadoras, pero que no impidieron el avance a la meta. Hubo riesgos, sí. ¿Dolor? Sí. ¿Lágrimas?, sí. ¿Temor? Sí. ¿Críticas?, al orden del día. Pero también hubo pasión, hubo impacto, hubo resiliencia, hubo valentía, hubo excelencia, hubo récords, hubo historia.

Pienso en voz alta: cada día quiero ver una necesidad e inquietarme para accionar. Quiero plantar una semilla. Quiero correr la carrera. Quiero ser leona y no cordero, quiero pelear por aquello que vale la pena. Quiero invertir mis horas en el bienestar de mi país y de mi gente. Quiero desgastarme por una buena causa. Quiero sumar ladrillos a la arquitectura de ese imaginario|país que anhelamos.

Lo que no quiero es encontrarme con el cachete pegado a la ventana, mirando como afuera suceden las cosas. No quiero estar en la gradería criticando, dando órdenes, silbando, quejándome, tirando tomates, rezongando o incluso, bostezando. DE ESOS, SOBRAN.

Hasta parece romántico e idealista plantearlo de esta manera [y el papel lo aguanta todo], pero sepan que sé lo que cuesta pagar el precio por un sueño. Estos tiempos difíciles inducen a que nuestra audacia primigenia se apague. Pero es ahora, más que nunca, cuando necesitamos estar henchidos de ella.

La verdad es ésta: Nos urge cruzar la línea.

Y reciban de mi parte un estruendoso redoooooooble de tambores todos aquellos que dan un paso más allá de la línea trazada. De ellos se acuerda la historia. No de los neutros ni de los criticones.

Un abrazo fuerte,

Naru

 

Olfatear gente


Algunos me suelen preguntar, ¿de dónde te vienen las ideas para un post? Respondo: de todos lados, hasta de la toalla de un hotel. Sí, leyeron bien. Atájense.

Viajé este fin de semana a Encarnación para el casamiento de mi prima. Aunque a veces resulta cansador, viajar en ruta tiene su encanto y su desestrés. Para quienes estamos encerrados entre cuatro paredes gran parte de nuestro tiempo, resulta catársico que el sol te encandile, ver cerros, verde, vacas, jaguas, tajamares y tener sobre la mesa la milanesa de surubi de Villa Florida [con una ensalada mixta y un limoncito al lado]. Por motivos laborales, ya en febrero había recorrido 1000 kilómetros por el interior del país y fue una experiencia única. Ahora volvía a repetir una parte de ese trayecto en la Ruta I, pero con el pelotón familiar. Nos hospedamos en un coqueto hotel con vista a la nueva costanera de Encarnación.

Ya acomodada en la habitación, entré al baño [a cepillarme los dientes, aclaro] y al secarme la cara me llevé la grata sorpresa de que la toalla tenía un aroma fantástico, de los que te insta a olfatear [oler con ahínco y persistentemente]. No sé si era perfume, colonia o suavizante, pero de una cosa estaba segura, su aroma era casi adictivo.

Y allí nomás me vino la idea para un apunte de aprendiz: cada uno de nosotros tiene dos capacidades, una es la de emanar un olor personal característico, la otra es la de detectar el olor de otros.

A esa ecuación hay que sumarle el hecho de que el olfato es el que mejor evoca los recuerdos. Es decir, difícilmente se olvide un olor. Las partículas aromáticas quedan registradas en el disco duro de nuestro cerebro asociada a alguna característica: buena o mala.

Verán, esto de detectar olores se da en las relaciones interpersonales también. Hay personas que son como los buenos perfumes: desprenden olores agradables, belleza, personalidad, originalidad y te dejan con un grato recuerdo [y queriendo más]. Otros, sin embargo, transmiten olores desagradables, dan rinitis alérgica [y querés estornudarles], son una mala imitación y te repelen.

Pensemos por un rato: todos nos ponemos perfume|colonia|desodorante diariamente, y estos son como una marca registrada ® que dejamos a la gente al pasar. ¿Y qué sensación les generamos con nuestras conversaciones y con nuestra interacción? ¿Les hacemos huir o les fascinamos? ¿Les dejamos intoxicados o embelesados? ¿Qué aroma transmitimos como personas?

Más vale el buen nombre que un buen perfume, Eclesiastés 7:1

Finalmente este versículo bíblico me hizo reflexionar en que no importa cuánta fragancia [de las más caras] nos apliquemos. La que más relevancia tiene es la que llevamos por dentro, la de nuestro nombre, nuestra reputación y personalidad. Esa es la que trasciende, y esa es la que todos recuerdan… o quieren olvidar.

Lo que somos


Fue un ejercicio muy revelador, lo hicimos como parte de un curso de liderazgo. Formamos dos grupos: los A y los B. Primero los A caminarían lo más normal y natural posible entre ellos, mientras los B observaríamos para luego imitar a los A exactamente en su manera de caminar. Una suerte de “soy tu espejo”.

Al llegar el turno de verme reflejada yo también por mi dupla A, me percaté de que había sido camino lento, soy muy absorta en mis pensamientos y a diferencia de otros, no hago tanto contacto visual. Cuando preguntaron “¿Cómo te sentiste siendo el espejo de la otra persona?”, me apresuré en responder “La verdad que quisiera caminar como lo hizo mi dupla A, porque camina más rápido y sonríe más a la gente. Por lo visto yo me concentro bastante en mis propios pensamientos y camino despacio”.

La respuesta del coordinador del ejercicio me dejó boquiabierta: “Vos sos vos. ¿Por qué tenés que caminar más rápido? Vos caminás así. ¿Por qué renegar de tu personalidad? No andes deseando complacer siempre a los demás”.

Glup! [tragué profundo].Honestamente no esperaba una respuesta así. Me descolocó, y me dejó con un aprendizaje que puede ser transversal a otras áreas. La frase magistral de John Eldredge lo dice todo:

Permiso para ser lo que somos. Permiso para vivir de corazón, y no de la lista de “debemos” y “tenemos” que a muchos nos ha dejado cansados y aburridos.