Cuelgo los championes

Sabía que este día iba a llegar. Y antes que “tarde”, preferí que sea “temprano”. Luego de casi 14 años de jugar básquetbol [13 de ellos en primera división], me retiro definitivamente. Si bien esta noticia es sólo de interés para mi equipo y para mis amigos cercanos, la hago pública porque hay tanto que quiero expresar.

Desde la pre-adolescencia este deporte me acompañó día tras día, mes tras mes, año tras año. La Molten o la Spalding simplemente se convirtieron en la prolongación de “mis manitos de seda” [gracias Gustavo Köhn]. Por tanto tiempo el polideportivo “ODD” fue un refugio, un escape, una bocanada de aire fresco frente al estrés y un ambiente hasta familiar.

Muchos se preguntarán ¿por qué retirarse ahora? Parece prematuro. Si bien me gustaría jugar hasta que ya no me den las piernas, soy de la filosofía de que un deportista debe retirarse en su mejor momento, no en su decadencia.

Hace unos cuantos años vengo arrastrando un ritmo de locos con los compromisos que tengo, saliendo a la mañana de casa y llegando a la noche -sin descanso-, con desgaste mental y físico de por medio. Son muchos sacrificios los que he hecho por continuar jugando, tratando de lograr un equilibrio con el resto de mis responsabilidades. Me ha funcionado, aunque ya estuve al borde del estrés en ciertas temporadas.

Es hora para mí de ir POR ALGO MÁS. A otros desafíos, a otras “canchas”, a pelear otros campeonatos llamados crecimiento profesional y perfeccionamiento académico.

Les confieso, me es surreal, pero llegó el momento de despedirme del básquetbol y del Olimpia.

Termino, cumplimiendo mi promesa a mi abuelo [el paraguayo y el que me hizo olimpista], de que nunca jugaría por otro club que no sea el Olimpia.

Termino, con la experiencia de que el básquetbol me subió a mi primer avión rumbo a Lima [Perú], haciéndome recorrer gran parte de Sudamérica años después.

Termino, con fotografías para el álbum de los recuerdos, cientos de recortes de diarios, DVDs, cassettes, revistas y anecdóticas entrevistas en radio.

Termino, con gran parte de mi introversión y timidez pulida por el deporte.

Termino, con la satisfacción de haber fusionado abrazos emotivos e inolvidables en medio de la cancha, con mi equipo, con amigos y familiares.

Termino, con una mochila llena de aprendizajes, los cuales atesoraré por el resto de mi vida. Más de uno estará de acuerdo conmigo: la disciplina que te da el deporte es única.

Termino, con la certeza de decir que, remunerada o no, siempre di lo mejor de mí. Noche tras noche llegué empapada de sudor a mi casa luego de los entrenamientos y los partidos.

Termino, luego de esta década y algo, con la amistad de entrenadores, preparadores físicos, kinesiólogos, jugadoras, padres y madres, árbitros, periodistas deportivos y espectadores.

Termino, con una cicatriz de 10 puntos en la rodilla a causa de una rotura de ligamento cruzado y menisco [me lesioné a los 17 años durante un partido], pero con uno de mis desafíos más difíciles superado.

Termino, con un entrenador a quien aprendí a apreciar, respetar, escuchar y a valorar. Un mentor que quitó lo mejor de mí en momentos difíciles, sobre todo cuando perdí la fe en mi talento; un amigo para sus jugadoras y un multicampeón.

Termino, con un equipo que fue una hermandad, 12 leonas que rompieron récords, cerraron la boca de los criticones, que hicieron trizas los pronósticos desalentadores [perdiendo 1 solo partido en casi 2 años] y con una unidad inquebrantable.

Termino, con el recuerdo de nuestro círculo, aquel donde las manos se ponían unas sobre otras y donde nuestras voces gritaban al unísono “¡¡¡¡DALE O!!!!”.

Termino, con el broche de oro de haber alzado tres copas [el Apertura, Clausura y Absoluto] de la temporada 2011.

Termino, siendo tricampeona y capitana con un equipo fantástico.

Termino mi carrera deportiva en mi mejor momento.

Termino, con un corazón que bombea agradecimiento a Dios.

Verán, siempre que se avanza, se debe dejar algo atrás. Y duele, y seguirá doliendo un tiempo prolongado. Pese a que mi retiro es  voluntario y a que nada me obliga a hacerlo, es una decisión difícil pero necesaria. Sólo el tiempo dirá si me equivoqué o no, mas prefiero pensar que mi tiempo llegó.

Me retiro sabiendo que se cierra un capítulo hermoso en mi vida, para dar paso a otros. “Traspaso la antorcha” a las nuevas generaciones. Sabía que este día iba a llegar, y cuelgo los championes diciendo:

MISIÓN CUMPLIDA.

El dedito siempre para arriba

Los virtuosos

Una razón más por la que creo en Dios y me río del Big Bang. Al observar a esa gente que domina tan naturalmente un arte o una técnica, no puedo más que maravillarme. Sólo pienso “Nació para esto”. Son dueños de un don|talento que la práctica no consigue ni el dinero compra. Es un regalo de nacimiento, uno que viene en la sangre.

Cuánta belleza y destreza se encuentran repartidas en el mundo. Cuánto virtuosismo. Hay quienes pasan años tratando de desarrollar una habilidad, otros en cuestión de segundos la dominan con una facilidad a-d-m-i-r-a-b-l-e. Son los virtuosos. Los que te motivan a aplaudir al Cielo.

Lastimosamente, varios de ellos se quedaron a mitad de camino y no alcanzaron su pleno potencial porque despreciaron la disciplina. Se creyeron sabelotodo, rehusaron “la partitura” y empezaron a mirar a los demás como inferiores.

Pero qué gran bendición sería que se fusionen el virtuosismo con la disciplina, la inspiración con la transpiración. Y, sobre todo, que ese talento sea usado para el bien.

Mozart y sus "garabatos"

 Escribiendo este post, pensé bastante en David Garret, un joven violinista de procedencia alemana, que me dejó impresionadísima. Tuve la oportunidad de ver por DVD su concierto. Casi me levanté de mi sofá a ovacionar.

Es que no puedo permanecer indiferente ante la belleza que Dios creó, eso me infunde un deleite hasta espiritual. Me fascina ver al que nació para pintar, para hablar, escribir, actuar, bailar, cantar, tallar, dibujar, enseñar y crear con gran dominio y naturalidad. Veo un rasgo de Dios en cada uno de ellos y me da piel de gallina de la emoción.

Ni amebas ni explosión. Ni azar ni evolución de monos. Los virtuosos me hacen amar aún más a ese Alguien que nos pensó con intencionalidad… y a cuya imagen y semejanza estamos hechos.