La mejor aula de clases

Mi amiga Mumi compartió conmigo un video de John Maxwell sobre el crecimiento personal. Entre varios de los puntos mencionados, uno de ellos captó toda mi atención: Si querés desarrollarte como persona, no estés en un aula de clases donde seas el/la mejor. Entrá al aula donde haya gente más inteligente, más rápida, y mejor que vos, porque es así como vas a aprender, vas a salir de tu zona de comodidad y vas a estirarte.

En otras palabras, procurá esos lugares donde sientas desafíos y donde te suden las manos. Un ambiente donde crezcas constantemente. Donde tengas que esforzarte el doble de lo acostumbrado, donde tengas que remarla, donde seas aprendiz, y no mentor/a.

“La adversidad hace que algunos hombres se rompan, otros rompen récords”, William Arthur Ward.

Por supuesto que ser llevado/a a tu límite probará si tenés lo que se necesita para “pasar de curso”. Pero es allí donde se encuentra la encrucijada de: quebrarte o quebrar tus limitaciones.

Nunca te arrepentirás de unirte con gente que eleve tu nivel de conversación, con gente cuya vida te inspire, gente que ya ha transitado ese camino que querés empezar, gente que sea un manual de instrucciones andante, gente que te impulse, gente que te de un akâpete cariñoso de exhortación, gente que ejerce una mentoría sana sobre tu vida.

Porque así como “las malas compañías corrompen las buenas costumbres”, creo que las buenas compañías también dejan su impronta y su huella inconfundible.

No sé ustedes, pero yo me inscribí a varias clases y materias este año. No sé cómo me irá, pero de algo estoy segura: ME QUIERO ESTIRAR.

 

Conexión || desconexión || reconexión

Esa pareciera ser la dinámica en las relaciones interpersonales. Es como la batería del celular: siempre que la carguemos -cada tanto- tendrá el suministro de energía suficiente para que todo funcione bien. Pero cuando la relación se descuida o sufre un daño grave, la batería chilla por un tiempo y luego se descarga porque nadie ya se interesa por un cargador, y eso repercute en el apagado general. Todo queda resumido a una pantalla negra, a nada. Pero es allí cuando aparecen momentos que permiten la reconexión. Quizá no llenan la batería de una vez, pero permiten que las barritas de energía vayan subiendo de a poco nuevamente. Y eso es un avance.

Conexión|| desconexión ||  reconexión

Gozamos de esos instantes de enlaces, de lazos, de concatenación con otros; pero como “todos somos normales HASTA que nos conocen”, muchas veces sobrevienen cortocircuitos e interrupciones [fallamos y nos fallan]. Y nos quedamos sin batería :( y sin una persona menos en nuestras vidas. Allí entra la madurez para procurar restablecer la relación nuevamente [si vale la pena]. Se trata de buscar los “momentos enchufes” para resucitar a las barritas de energía de la amistad.

Y paulatinamente, volveremos a reconectarnos. Y empezará de vuelta el círculo: los buenos tiempos… las pruebas… y el chirrido de “batería baja”. Pero tranquilos/as, nada que un buen cargador o una buena conversación no puedan solucionar.

El día después de la pérdida

Este fin de semana que pasó murieron varios parientes de conocidos míos. Y no pude evitar pensar en ese duro proceso llamado duelo. Escribir sobre esto no es fácil [leerlo tampoco]. Se trata de esas noticias que “atropellan” de sorpresa, sin pre-aviso. Y que dejan secuelas.

Recibir una llamada de Emergencias es lo peor. Estar sentados en el pasillo de un sanatorio/hospital con impotencia también lo es. Y no entendemos por qué ocurre una tragedia. Es más “digerible” la pérdida cuando se van los abuelitos, pero cuando es un hijo, un amigo/a,  una mamá con hijos chicos, o un hermano menor, no se entiende. Todas las frases de “Dios necesitaba un ángel en el cielo” o “Le llegó su hora”, parecen -con el perdón de la palabra- sinsentido. “¿Por qué Dios le necesitaría a mi hermano, a mi hijo, a mi amigo, o a mi mamá siendo que yo lo/a necesito más?”, parecemos decir dentro de nosotros.

Empiezan las preguntas. Y muchas de ellas quedan sin respuesta. Mojamos la almohada por la noche con las lágrimas y el corazón pareciera no resistir extrañar tanto. Pero si algo aprendí con las pérdidas que he sufrido en mi vida es que:

En medio del nubarrón uno no entiende nada, pero llega un día donde sí.

A veces tarda semanas, a veces meses, a veces años. Mientras tanto, habrá altibajos. Algunos días dolerán más que otros. Es signo de que tu corazón nunca olvida a tu ser querido, sólo aprende a regañadientes a vivir con su ausencia.

Pasado un tiempo estarás en la encrucijada de continuar aferrado al dolor o dejar ir [que no es el equivalente de olvidar]. Es necesario rehacer la vida, con preguntas y dolor a cuestas.

¿Cómo se reacciona después del duelo? Algunos deciden odiar -a quien haya tenido la culpa de la muerte-; otros se vuelven adictos a painkillers o calmantes; otros evaden la realidad [lo que no es sano]; otros se deprimen literalmente; otros, sin embargo, enfrentan el dolor con la fuerza divina y se unen con su familia más que nunca.

A veces el dolor lleva a elecciones que no reflejan exactamente como la persona es, justamente porque se genera un desbalance emocional, físico y hasta a veces espiritual. Hay que postergar todo tipo de decisiones importantes en momentos como éste. La perspectiva y el apoyo de los amigos es fundamental.

Frente a todo esto, una realidad permanece: “life goes on” [la vida continúa]. Hay que apagar el despertador y poner nuevamente el pie sobre el piso frío cada mañana. Hay que trabajar, hay que estudiar, hay que amar de nuevo, hay que perdonar, hay que reír de vuelta, hay que salir adelante… ya sin una parte importante de tu vida.

Digámoslo de una vez: no se trata de evitar el dolor, porque el dolor es inevitable; se trata de escoger las consecuencias [Maurice Maeterlinck]

Después de la tragedia, resta aprender de ella y hacer que una flor brote de en medio del pesado concreto. Pero no estamos solos. Aquel a quien hacemos las preguntas del “por qué”, está escuchando. Y encontrará la manera de hacerte saber que este mundo imperfecto -donde hay dolor- no es el que Él creó originalmente, pero aún así no te descuida, no te desatiende, no te abandona nunca.

“Porque tú, Jehová, me ayudaste y me consolaste” el día después de la pérdida (Salmos 86:17)