Entrecasa

Bajamos la guardia ni bien atravesamos la puerta de nuestras casas. Siendo casi el final de la jornada arrastramos los pies, abrimos la heladera y después nos derrumbamos en la cama o el sofá.  Para esa hora la lengua ya está cansada de hablar y los oídos de escuchar. Si es que tuvimos un mal día, lo sobrellevamos con estoicismo frente a todos, pero ni bien llegamos a casa nos soltamos y permitimos la vulnerabilidad.

Uy, si la familia pudiese escribir una biografía sobre nosotros.

Al fin y al cabo, esos somos. El auténtico “yo” reside en casa. Con el resto de nuestros círculos sociales no es que fingimos, pero definitivamente nos cuidamos más. Creo que para conocer realmente a una persona hay que preguntarle a su papá, a su mamá, a sus hermanos, a sus cónyuges. Ese puñado de gente fue y es testigo desde siempre. Conocen nuestra personalidad en pijamas, conocen la verdadera reacción, cuánto nos lastiman o nos alegran las situaciones. Conocen el esfuerzo diario. Por eso, los primeros en llorar con los grandes logros o las grandes decepciones son ellos. Por eso, los que encabezan la lista de agradecimientos y discursos, son ellos. Simplemente, SABEN MUCHO.

Apunte de aprendiz: cualquier cambio que procuremos para este 2012 a nivel personal, primero pensemos en “¿Y por casa cómo andamos?”. Algo me dice que toda transformación sostenible en el tiempo tiene su principal examen “entrecasa”.

Uy, si la familia pudiese escribir una biografía sobre nosotros.

Somos artesanía

Somos hechos artesanalmente, no producidos en serie. La idea de que Dios es un artesano y no un fabricante cambia toda ecuación. Efesios 2:10 dice que “somos hechura de Dios…”, somos una figura de barro moldeada por las manos del artesano del Universo.

Dios no nos hace en serie, cada persona es única, es original, tiene sus tiempos, sus formas, sus luchas, sus talentos, sus estilos de aprendizaje, sus gustos, sus temperamentos, sus debilidades, su historial, su árbol genealógico, en fin, su mochila individual. ¡Y qué reconfortante saber que no somos producto de una fábrica de la fe, sino de un taller artesanal de donde salen obras maestras irrepetibles!

Partiendo de ese principio, hay un dilema por superar: “producir gente en serie”. ¿Qué significa eso? Es querer imponer una talla universal de crecimiento. Es establecer una medida convencional, como en las fábricas, y procurar que todos aprendan, se desarrollen y reaccionen bajo el mismo molde, al mismo tiempo. Pero esa metodología sólo lleva a que calquemos la fe de otros y terminenos frustrándonos. En términos de crecimiento espiritual e incluso educacional, hay que acabar con eso de la “cadena de montaje”.

El Dios artesano ama el arte y la creatividad. Él imprime un sello personal a cada obra suya, a diferencia de los fabricantes, que lo producen todo en serie. El Dios artesano busca lo singular, lo extraordinario, y que cada uno sea la mejor versión de sí mismo.

El mensaje es éste: descubran la peculiaridad. ¿Acaso Jesús dio el mismo trato a todos? No. Él conocía a profundidad el temperamento, las debilidades y fortalezas de las personas. Sabía qué decirles y cómo, qué les entusiasmaba y qué no. Él desarrolló el máximo potencial en sus discípulos porque se tomó el tiempo de conocerlos. Augusto Roa Bastos dijo en una entrevista una vez: “Todos somos libros, solamente que nos faltan lectores”. Pregunto: ¿nos tomamos el tiempo suficiente de leer a las personas?

En palabras de John Ortberg a veces “somos como David tratando de caminar con la armadura de Saúl”.

Lo que funciona para unos, puede no aplicarse para todos. Hay quienes aprenden mejor mirando, otros escuchando, otros haciendo, otros hablando, otros en grupo, otros solos, otros a través de la imaginación. Algunos son introvertidos, otros extrovertidos. En conclusión, un plan de crecimiento sostenible implica más bien una arcilla maleable antes que la automaticidad de un botón. Somos artesanía, ¡y gloria a Dios por eso!

Morder la toalla

Tuve la oportunidad de escuchar entre un reducido grupo de 20 personas a Ramón “Moncho” Sabella, uno de los sobrevivientes del accidente de avión en Los Andes, en 1972 [¿recuerdan la película "Viven"?]

En varios momentos, Moncho mencionó que nuestro umbral de dolor se ensancha a medida que pasamos por pruebas difíciles, que ni nosotros sabemos que somos capaces de soportar.

“No puedo más”. Y podés.

“Estoy demasiado cansado”. Y seguís.

“No doy más”. Y das.

Eso me hizo acordar a una cordillera que mi familia tuvo que afrontar en 1999. Mi tía, una de las personas a quien más amo en la faz de la Tierra, tuvo un cáncer invasivo. El pronóstico era muy desalentador. El desafío: una cirugía complicada y numerosas sesiones de quimioterapia. Fueron meses y meses de lucha. Recuerdo que mamá se quedó con ella a dormir durante los días de internación. Hay cosas que simplemente no puedo describir, pero sé que mamá precisó de una fortaleza de fierro para sobrellevarlas.

Un día, estando en la habitación del sanatorio, mamá entró al baño a llorar, mordiendo la toalla para que sus gemidos no fuesen escuchados por tía. Era por la impotencia de ver así a su hermana, por el cansancio acumulado y porque, extrañamente, estábamos enfrentando el peor momento de todos… prácticamente solos. Allí, entre sollozos, trató de hilvanar una oración. Esa que todos hicimos alguna vez: “Dios, dame fuerzas, no puedo más”.

Moncho Sabella contó que una noticia muy devastadora durante los 72 días en las cordilleras, llegó cuando escucharon por radio que se había suspendido la búsqueda de sobrevivientes y que los daban por muertos. Más de uno habrá mordido su toalla.

Las malas noticias, las enfermedades y las tragedias, ensanchan nuestro umbral del dolor a dimensiones que ni nosotros creíamos posible. ¿Sobrevivir a un cáncer invasivo, a una cirugía riesgosa y enfrentar sesiones fuertes de quimioterapia hasta que literalmente no te quede un pelo? ¿Sobrevivir sin comida, sin agua y con un frío insoportable en medio de la nada?

Este es el siglo XXI, pero conozco numerosos gladiadores. Uno de ellos es Moncho, otras dos son mi tía y mi mamá.

Cuando más de uno hubiese tirado su toalla, ellos la mordieron.

Clamaron por fuerzas un día a la vez, una sesión a la vez, una cordillera a la vez.  Y esas fuerzas les fueron dadas.

Seamos esa Iglesia

Existe esta percepción de que para ser parte de la Iglesia primero hay que cumplir una serie de requisitos, como ordenar la vida, dejar malos hábitos, cumplir reglas, solucionar los problemas y, posteriormente, acercarse. Cuando, en realidad, a la Iglesia hay que aproximarse con la mayor sinceridad posible.

Jesús admiró a la mujer pecadora que derramó perfume a sus pies -con un corazón contrito y sincero-, y aborreció la actitud de los fariseos blanqueados por fuera pero podridos por dentro. En realidad la Iglesia -entendida como el cuerpo de Cristo y un grupo al cual pertenecer- es una comunidad para la sinceridad, no para disimular. Es una oportunidad para lavar la ropa, no para esconder las manchas. Es una terapia donde recibimos consuelo, no humillaciones.

Es un espacio de autenticidad, no de fingimiento. Es una luz radiante, y no un agujero negro. Es una gran familia, no un grupo de competidores ni de rivales. Es una esfera que propicia el perdón, no la condenación. Es una ayuda para la restauración, no un dedo acusador. Es un cuerpo que trabaja unido y coordinado, no cada miembro por su lado.

Es una colectividad que se corrige con mucho amor, no donde se hace vista gorda de los errores; es una comarca de aprendizaje, no de ignorancia; es donde todos saben que son salvos por gracia, no por méritos; donde uno sirve por agradecimiento, no por aplausos.

Pertenecer a la Iglesia es un entusiasmo, no una carga; es un sueño, no una pesadilla; es una fuente de energía, no de agotamiento; es una plataforma para desarrollar talentos, no para enterrarlos. Es una guía para la vida, no un desvío. Es un grupo de promesas cumplidas, no de falsas esperanzas. Es una bendición para las familias, no motivo de rencillas. Es una misión que implica sacrificios, no la solución a todos los problemas.

La Iglesia es donde nos estiman y nos esperan, no donde somos ignorados. Es donde hacemos el bien, no el mal; es donde se siembra, y no donde se desparrama. Es donde se honra a los padres, no donde se los irrespeta. Es una comunidad de auxilio, no de abandono. Es donde te levantan la cabeza, no donde te la bajan.

Es donde son forjados los valientes, no donde el temor aniquila. Es un espacio de superación, no de mediocridad. Es donde se vive lo que se predica, no donde se predica de lo que no se vive. Es donde se hace fiesta porque los hijos pródigos regresan, no un inventario de pecados antes de aceptarlos de vuelta. Es donde encontramos fortaleza de Dios, no del humano. Es donde descubrimos el sentido de la vida, no confusión.

Es un lugar donde son bienvenidas las preguntas; donde se disfruta de la libertad, no de la opresión; donde hay afecto, no aspereza; donde construimos anécdotas para el recuerdo, no para el olvido. Un lugar para batir récords, no para tocar techo; donde el huérfano encuentra familia, no donde se siente en soledad. Una comunidad donde se nace de nuevo, no donde se vive del pasado. Un desafío a creer, no a dudar. Un lugar de gozo, no de descontentos. Una comunidad que glorifica a Dios, no a los hombres. Un lugar medicinal, no tóxico. Un lugar de pastos delicados, no de estrés.

La Iglesia, donde somos regenerados, no degenerados; donde nuestra historia es la de pequeños principios y grandes finales, no la de la frustración. Allí donde encontramos hermanos para toda la vida, no enemigos; allí donde se piensa en el pobre y en el débil, no donde se los pasa por alto.

La Iglesia, esa donde la gracia sobreabunda, esa de la cual Jesús vive enamorado. ¿Queremos esa Iglesia? Seamos esa Iglesia.

Pequeños rituales

Todos tenemos pequeños rituales [costumbres de conexión] que se cuelan en nuestras relaciones interpersonales y, sin darnos cuenta, se convierten en su fuente de fortaleza y profundidad.

Leía lo siguiente sobre la larga amistad que compartieron dos hombres de 50 años: “Reíamos juntos, trabajábamos juntos, comíamos juntos. Creo que durante todos estos años hablábamos casi todos los días”.

Esos son los pequeños rituales. Un almuerzo juntos a la semana, un viaje al año, abrazos, apodos simpáticos, palmaditas en la espalda para animar, los viernes de crucigrama, los domingos de cocina en dupla, los miércoles de cine, y todas esas clases de gestos que ahorran amor en el banco y ganan intereses en el futuro.

Cuando empezamos a descuidar este aspecto algo nos falta, algo se debilita, algo tambalea. Como diría la banda Lifehouse “extraño todas las pequeñas cosas, nunca pensé que significarían todo para mí”.

A veces una buena relación es como el dinero, fácil de hacer pero difícil de mantener. Tengamos en cuenta que los pequeños rituales siempre deben ser voluntarios, no tenemos que ser arrastrados a ellos. Los escogemos. Y por otra parte, son informales, fluyen solos, no se convierten en “responsabilidades de agenda” sino en elecciones del corazón.

Si una relación interpersonal provoca más akârasy que momentos de felicidad, no durará mucho. La clave es disfrutar de la compañía, y luego extrañarla.

Friedship is like a life vaccine [la amistad es como una vacuna de vida]

Al fin y al cabo, esos pequeños rituales nos dan vida y nos colocan buenas etiquetas: Mejores. Más cercanos. Queridos. Tiernos. Fieles. Animados. Divertidos.

Buen fin de semana. Recuerden cuidar de sus pequeños rituales ;)

Ánimo

1

Ten ánimo.

Aunque hayan pasado años.

Aunque las puertas te han cerrado.

Ten ánimo.

Cuando tu esperanza ceda por los resultados.

Cuando veas todo nublado.

Ten ánimo.

Porque tu milagro está cercano.

Porque la fe montañas ha desplazado.

Porque el poder de Dios no se ha acabado.

“…decía dentro de sí: Si tocare solamente su manto, seré salva. Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado”, Mateo 9:21

2

Día a día decido entre lo volátil y lo macizo.

Entre la convicción y la emoción.

O persevero o me rindo.

Tu fuerza en mí será más fuerte que toda oposición.

Porque vendrán días difíciles en los que me sentiré desanimada.

Sé que el “tirar la toalla” será una opción atrayente y válida.

Entonces, brotará de mis labios la oración “Tu amor me sostendrá, mi Dios”

 “Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó”, Romanos 8:37

3

Todos estos años has estado a mi lado, mi compañía eres tú.

Como un padre que protege a su hija, me rodeas con tu luz.

Giro alrededor de ti, y siento que tu vida late en mí.

Todo lo bueno que tengo fue idea tuya, Señor.

Incluso el dolor que a veces siento me ayuda a depender de ti.

Si pregunto, tú respondes.

Si estoy ansiosa, tú me calmas.

Si lloro, me consuelas.

Si descanso, me contemplas.

Si no entiendo, me explicas.

Si yerro, me corriges.

Todo lo bueno que tengo fue idea tuya, Señor.

“Alabad a Jehová porque él es bueno; porque para siempre es su misericordia”, Salmos 118:29

4

Vivimos en un cuerpo, pero no somos nuestro cuerpo.

Lo externo es finito, pero el espíritu es eterno.

El espejo delata las arrugas y el desgaste a través del tiempo.

No importan los intentos para detener este proceso.

Lo de adentro, sin embargo, se rejuvenece a diario.

El reloj no es su enemigo, sino su más fiel aliado.

Las más hermosas criaturas son renovadas por el Dios cirujano.

“Engañosa es la gracia, y vana la hermosura; la mujer que teme a Jehová, ésa será alabada”, Proverbios 31:30

Gracias por recibirnos, Sur del país

Uno no se enamora de su país por libros de texto o por comentarios de terceros; uno tiene que verlo, sentirlo, olfatearlo, descubrirlo, admirarlo, mezclarse entre su gente, empolvarse de él. En resumidas cuentas, ser su testigo presencial.

Decidimos acortar distancias, sentir el palpitar de todo. Sencillamente, acercarnos los unos a los otros.

Fue así que con un grupo de jóvenes, llamado PROtagonistas, fuimos parte de un tour de 48 horas en bus rumbo al sur de Paraguay. ¿La consigna? Conocer emprendimientos que, a través del arte, el turismo y la empresa, desarrollan a la comunidad circundante.

Primer alfiler en el mapa: la tierra de los irreductibles, Tañarandy [San Ignacio, Misiones]. Allí, Koki Ruíz nos abrió las puertas de su casa del corazón: el Teatro El Molino. Koki es un orgullo nacional, Artista con A mayúscula, que teniendo la oportunidad de vivir en París o New York eligió su amado San Ignacio para a través del arte desarrollar su comunidad; el principal responsable de que Paraguay -a través de Tañarandy- sea la tercera experiencia obligatoria en Semana Santa.

Allí estábamos nosotros, en las primeras filas del teatro, listos para escuchar de su boca un mensaje. Extrañamente, él mismo fue el mensaje. Su templanza, su humildad, su pausado hablar, su tranquilidad, su sabiduría y su paz nos mantuvieron fascinados a todos. Él, sentado en su butaquita, empezó a hablar sobre su niñez, sobre los hitos de su vida; luego nos dio una verdadera cátedra sobre historia paraguaya, cultura de los guaraníes, arte barroco, fe, y sobre cómo apasionarse por lo que uno hace. Hasta nos habló de lo que se siente el techaga’u, y cómo nada se compara con desgastarte por el bien común de tu país. Memorable.

Terminada la charla, a escasos kilómetros de allí, paramos para almorzar. En PROtagonistas creemos que la comida = amor. Hay nexos y vínculos que se fortalecen con los demás cuando compartimos un debate, comida de por medio. Es inexplicable.

Luego de la pancita llena y el corazón contento, pasamos al segundo alfiler del mapa: la plaza principal de San Ignacio. El desafío fue realizar charlas socráticas con las personas [y perder la timidez en el proceso]. La idea era preguntar y preguntar hasta “dar a luz” la verdad en los demás. Creo que Sócrates se hubiese revolcado en su tumba si nos escuchaba, jaja, pero logramos el objetivo de acercarnos, interesarnos por los demás y escuchar sus historias. No hubo rótulo de “soy de la capital” o “soy un outsider“, sino de “somos compatriotas”.

Siguiente alfiler del mapa: Misión Jesuítica de la Santísima Trinidad [más conocida como "Las Ruinas", mote que quieren erradicar], a escasos kilómetros de Encarnación. El sol y la temperatura ideal que nos acompañaron durante el día, dieron paso a la luna llena y al fresquito de la noche. Llegamos a tiempo para disfrutar del show de luces y sonido.

Entramos en grupo, con una guía excepcional, que nos relataba la historia detrás de las “ruinas”, que refrescaba nuestra mente con detalles vívidos e interesantes sobre la convivencia entre jesuitas y guaraníes. Recorrer este lugar tan histórico, con música barroca y sonidos ancestrales de fondo, fue una experiencia única. Si bien el paso de 400 años y el descuido provocaron destrozos y pérdidas en la Misión Jesuítica, pudimos completar “techos”, “paredes” y “recovecos” en nuestra imaginación.

De allí nos llevamos varios aprendizajes. Entre ellos, contamos con guías turísticos de primer nivel [jóvenes]; hay que rescatar nuestra historia y cuidar nuestras huellas, porque tienen mucho que decirnos; viajemos más al interior del país y conozcámonos. Y, por supuesto, la declaración de nuestra guía al despedirse de nosotros: “Acuérdense de que en Asunción no termina todo. En el interior del país hay jóvenes que les pueden sorprender”. Un akâpete para todos. País hacemos de Norte a Sur, de Este a Oeste.

Next alfiler del mapa: Hotel Papillón. Emblemático y remodelado. Para esa altura ya estábamos más cansados que la partera de los 101 dálmatas, pero no íbamos a dormir sin antes disfrutar de una cena deliciosa y del mini-concierto de un cuarteto de guitarras.

El bus estaba presto para salir a las 8.00AM nuevamente. Café aquí, tostada allá, y nos embarcamos rumbo al próximo alfiler en el mapa: Kressburgo, ubicado en el distrito de C.A. López [Itapúa].

Kressburgo es prácticamente una ciudad, pertenece al Grupo Kress, conocidos por sus jugos Frutika®. Visitamos la fábrica, las plantaciones y las oficinas. Impresionante. Sumado a eso, tuvimos el privilegio de ser atendidos por su directiva, Cristina Kress. La persona al frente de todo esto. “Tremenda responsabilidad”, es lo que te pasa por la mente. ¿Y saben qué? Ella tiene 23 años.

Su papá fue quien empezó el sueño, hasta que falleció. Su mamá lo potenció y desde hace tres años, como gran heredera, ella está llevando al Grupo Kress a un nuevo nivel de crecimiento, y en el proceso da trabajo a los pequeños productores aledaños y trae progreso a su comunidad.

Hacer el recorrido de toda la propiedad era casi imposible en el tiempo que teníamos, sólo alcanzamos a ver atisbos del emprendimiento, con Cristina como “guía turística” al frente del bus. Su humildad, su gracia y su capacidad nos sorprendieron.

Llegado el mediodía, compartimos un asado. Las preguntas no paraban de llegar y Cristina, con paciencia, nos respondía cada una de ellas, sonrisa de por medio. Algunos aprendizajes: honrar el legado del trabajo de nuestros padres, creer en el país, arriesgarnos, emprender a corta edad, el dinero no lo es todo, ver los problemas como oportunidades, valorar a la familia, ser diligentes, capacitarnos, trabajar en equipo.

Las horas pasaron rápido, el próximo alfiler del mapa nos esperaba: Encarnación. Así fue que, subimos al bus -abastecidos de varios jugos- y continuamos. Pero, todo viaje esconde sorpresas e imprevistos. Estando casi a mitad de camino, el itinerario fue cambiado. Íbamos a dirigirnos a San Ignacio de vuelta. Koki Ruíz, el artista del primer alfiler, nos había invitado a todos los PROtagonistas a disfrutar de una obra de teatro negro llamada “Qué bella noche”.

Esto fue lo más sorprendente. La directora era su joven hija, Macarena Ruíz. Logramos llegar 10 minutos antes del comienzo. Desde la “Bella Notte”, la luciérnaga enamorada de una estrella, hasta el “Oh Happy Day!”, desde el baile de las africanas hasta el “When the Saints Go Marching in”; desde la habanera hasta el “New York, New York” de Liza Minelli; desde el “Cascanueces” de Tchaikovsky hasta el baile chino, árabe y ruso… todo fue fantástico. Creatividad, juventud y talento.

Este tipo de teatro juega con las luces negras y los vestuarios coloridos, lo que no te permite ver caras y muchos detalles. La obra terminó con un can can y con luces “normales” que revelaron ante nuestros ojos al elenco jovencísimo. Todos fuimos parte de la ovación. Aprendizaje: jóvenes artistas, los necesitamos. ¿Quién mejor que ustedes para tocarnos el alma y para inspirarnos como pueblo?

Eran las 9.30PM. Asunción y las responsabilidades nos llamaban de vuelta. Fin del tour. El par de horas que teníamos en el bus lo aprovechamos para tertuliar, para hablar de nuestra resonancia, del eco que hizo en nosotros el viaje. Surgieron agradecimientos, valoraciones, impresiones, moralejas y hasta subastas [chiste interno].

Retornamos embarazados de un sueño. “¿Cuál es el sueño?”, me preguntarán. Bueno, tengo una compañera en el grupo PROtagonistas, a quien valoro muchísimo y que cada día me sorprende más. Su nombre es Linda Vera [18]. Lean lo que escribió con respecto a este viaje, sobre todo, teniendo en cuenta su edad:

“Me llevo la fortaleza de darme cuenta una vez más que como paraguayos y paraguayas sólo nos hace falta creer en nosotros mismos, identificar potencial donde nos dicen que no hay; generar compromiso alrededor de una idea, fomentar la participación de todos, involucrar, sumar, animar y entregar nuestro trabajo con amor hacia los demás con compromiso, trabajo y fe, fe en lo que uno cree, fe en quienes nos acompañan y fe ¡en algo más grande que nosotros!”

“Aquí nos ven como un país corrupto, con desigualdad social, con baja calidad en la educación, con crisis políticas, con democracia débil y con tanta atmósfera negativa. EN EL SUR hay personas que creen que son PROTAGONISTAS de su realidad y de la transformación de ella”.

“Este viaje inspira la idea de seguir creyendo en nosotros mismos y darnos cuenta de que EL PARAGUAY en verdad es el secreto mejor guardado de América Latina, aquí todo está por hacerse, depende de nosotros sumar, y llevar allá donde ya no crean en nuestros tres colores, la esperanza de que ¡¡sí se puede!!”.

“Estoy agradecida por tantas atenciones y por mostramos ese país que a veces pensamos que no existe, la hierba crece de noche… ¡¡el Paraguay se levanta!! Sigamos creyendo PROTAGONISTAS”.

¡Gracias por recibirnos, Sur del país!

PD: créditos de las fotos a Octa y Robert.

Los harapos y el amor

Estoy suscripta a “The Daily Post”, el cual me propone ideas diarias sobre qué escribir en el blog. Lo admito, nunca le hago caso, hasta ayer. Me desafió a escribir sobre “¿Qué signica el amor para ti?”. Tragué saliva.

Empiezo con una historia. Mientras la gran mayoría de las niñas jugaba con la Barbie [embajadora de la perfección], yo tenía una mona-peluche casi harapienta. A mi mona yo la arrastraba por el suelo a todas partes, si no la bañaba se acumulaba polvo en ella, pero así y todo era mi juguete preferido, casi mi hijita. Cómo la quería. En sí misma era un peluche común y corriente, pero la naturaleza de mi amor fue lo que le dio tanto valor. Secreto entre nosotros: hasta ahora la conservo.

A la Barbie impecable una la compra del escaparate, de una cajita encantadora, de la sección de “Juguetes clase A”, pero a la mona una la encuentra en una cesta al fondo de la tienda, buceando bajo un mar de peluches sin atractivos, con la etiqueta “es lo que hay, no se aceptan devoluciones”.

Supongo que como seres humanos estamos lejos de la perfección de la vitrina, por ende pertenecemos a ese otro departamento del “así como viene”. Somos peluches de trapo, imperfectos, algunos quebrados, coloridos, diferentes y reales, pero he aquí la buena noticia: Dios y algunas personas conocen nuestros harapos y aún así nos aman.

Pero el proceso se pone interesante. Es gracias al amor de verdad que comenzamos a desarrollar belleza. A veces decimos que el amor es ciego, pero el amor de verdad VE, con ojos bien abiertos. No pasa por alto los defectos, sino que dice algo así “Yo no te quiero rehacer, sino que te acepto y te amo como sos, y confío en que mi amor, sumado a tu voluntad de superación, te darán las fuerzas para cambiar tus harapos de a poco”.

Ese sí que es un amor con grandes proporciones de gracia. Un amor más allá de la superficialidad y el interés; un amor que crea valor en lo que se ama. Un amor que no espera algo a cambio todo el tiempo, sino que es feliz en el dar. Un amor que hace de los peluches harapientos un tesoro invaluable.

Nos volvemos más bellos/as mientras más amor recibimos [a veces inmerecidamente]. Y algo interesante para resaltar es que si pretendemos ser juguetes impecables de vitrina sólo podremos ser amados en parte. Mientras más nos conocen -con los harapos- más nos amarán en plenitud. ¿Nunca tuvieron la duda de que una persona sólo las quiere porque conoce la arista linda? ¿Y si conociese más? ¿Se taparía los ojos? ¿Se marcharía? ¿Se desilusionaría? La realidad es que algunos lo hacen…

...pero otros se quedan

C.S. Lewis dice que “todos recibimos caridad, pues en todos nosotros existe algo que no merece ser amado, y nadie tiene la culpa de no amarlo”. Eso me hace pensar en Jesús, quien murió por nosotros cuando éramos harapos, débiles y pecaminosos, pero fue su amor el que nos transformó con el tiempo.

A diferencia de la fascinación [que pasa por alto los errores y piensa que hasta la uña encarnada del otro es bonita], el amor verdadero acepta pero busca la mejoría. Dan Allender escribe al respecto: “El amor auténtico amilanará, ofenderá, molestará o hasta le dolerá a aquellos a quienes amamos”. Esto se debe a que si yo siento amor por alguien debo arriesgarme a decir cosas dolorosas, si el dolor es la única vía de impartir desarrollo. Lo repito: el amor verdadero no evade la realidad, es consciente de todo, pero hay algo tan poderosamente transformador en él que ve todo lo que podemos ser.

Aquí va otro apunte de aprendiz: la persona que más nos ama es la que más nos presta atención. Observa, observa y observa. Da vuelta la cabeza cuando entramos a la sala y nos sigue con la mirada, porque eso es atención. Busca saludarnos, nos hace un guiño, porque eso es cariño. El amor se acerca. El amor nota. El amor oye. El amor recuerda. El amor perdona. El amor hace que de un mar de peluchitos, nos destaquemos con colores para los ojos de alguien.

Alguien es testigo de nuestras vidas. Alguien sabe de qué humor amanecimos y cómo nos acostamos. Alguien sabe de nuestro cansancio, de nuestras luchas, de nuestros logros, de nuestros sueños. Alguien sabe que hoy lloramos, o que hace rato no lo hacemos. Alguien cultiva la transparencia con nosotros. Alguien escucha nuestras confesiones no para levantar una muralla de distancia a modo de decepción sino para construir un puente rumbo a una mayor profundidad en la amistad o la relación. Alguien te da tu espacio y no te acogota; alguien ahuyenta tu soledad; alguien complementa tu felicidad, alguien te pule, te alienta, te desafía.

Amor verdadero. Es lo que Jack Nicholson le dijo a Helen Hunt en “As Good As It Gets”:

You make me want to be a better man

Mi fruto no miente

Imaginemos que somos árboles que, llegado su momento, dan frutos. Y estos provienen de tu carácter, de tu savia, de tu esencia, de quién sos. Las personas se acercan, mironean, arrancan unos cuantos y le dan una probadita. Sí o sí provocamos una reacción: el “Ñaaam” o el “¡Puaaaj!” [posterior escupitajo]. La clave está en si esos frutos están maduros… o verdes.

¿Qué es la madurez? Es la sazón de los frutos, es el “enhorabuena” para arrancarlos, es el tiempo oportuno, es el pleno desarrollo, es la plenitud, es el cruzar la meta, es el relojito que te suena y te indica “listo”. Su antónimo es la inmadurez. El “está verde todavía”, es el punto de partida, apenas el estiramiento del carácter, el principio, la fase perfectible, donde no se está preparado para algo mayor.

El fruto de tu carácter, ¿una cerecita?

Convengamos, no se nace en la madurez, se llega a ella. No se le dice a un niño de 3 años “Qué inmaduro sos”. Pero una cosa es comer un fruto verde de un árbol novel, otra cosa es comer un fruto verde de un árbol cuyo timing ya da para un fruto maduro. A los de 25 años sí ya le refunfuñamos con el “Ya estamos grandes para eso, che”.

¿Cómo se llega a la madurez, entonces? Si pensamos como árboles, meramente con el paso del tiempo. Pero si pensamos en términos de personas, con el paso del tiempo y con la voluntad de perfeccionarnos. ¿Conocen personas inmaduras de 35 años? ¿Conocen personas maduras de 18? Yo sí. El paso del tiempo no te garantiza por sí sola la madurez, hay que añadirle un ingrediente fundamental, que es la voluntad de ser mejor.

Algunos aducen la madurez a la cantidad de obstáculos que pasó alguien en la vida. Sí, es un factor válido, pero todo depende de la resonancia [la repercusión interna] que haya tenido en uno/a. Algunos se tropiezan tres y hasta cuatro veces con la misma piedra, y no aprenden. Otros, sin embargo canalizan dicha experiencia para adquirir sabiduría y dar sazón a sus frutos.

¿Cómo están los frutos de nuestro carácter? ¿Sazonados o verdes? Saben, de lejos el árbol puede tener buena pinta, sus frutos te hacen un guiño, te dan la impresión de que están “ok”, son unas cerecitas seductoras, que tienen el color ideal. Pero ¿será que si otros se acercan lo suficiente y dan una probadita -en buenas y malas circunstancias- se llevarán una sorpresa desagradable? ¿Será que están inacabadas por dentro? Sixto Porras, gran conferencista sobre temas de familia y matrimonio, dijo una vez “Cuando usted se enamora, se enamora de un cuerpazo. Cuando usted se casa, se casa con el carácter”. Más vale que conozcas ese árbol.

Pensemos: ¿Cómo amamos? ¿Cómo discutimos? ¿Cómo aprendemos? ¿Cómo esperamos? ¿Cómo reconocemos errores? ¿Cómo triunfamos? ¿Cómo asumimos una derrota? ¿Cómo gastamos dinero? ¿Cómo interactuamos con alguien distinto? ¿Cómo reaccionamos bajo presión? ¿Cómo educamos a otros? ¿Cómo expresamos disenso? ¿Cómo agradecemos? ¿Cómo celamos? ¿Cómo respetamos? ¿Cómo trabajamos?

¿Cómo son los frutos de nuestro carácter?

Sería una lástima que quien se acerque a nosotros “deguste” nuestra inmadurez, porque es amarga y deja una mala impresión del árbol. Es mi deseo que, si bien vivimos madurando y renovándonos a través de los años, los demás saboreen y perciban con deleite nuestros frutos. Si cometo errores reiterados y me quiero autojustificar diciendo “Pero yo soy buena persona”, este versículo de la Biblia me da un coscorrón cariñoso:

Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Así, todo árbol bueno da frutos buenos, pero el árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos”.

Necesariamente mi comportamiento, mi carácter, mis frutos, mi interacción con los demás, son fiel reflejo de quién soy. Los títulos, acreditaciones o impresiones no me hacen buena o mala persona, son mis frutos. Y estos no mienten.

Decile a alguien

“El libro de los abrazos”, de Eduardo Galeano, contiene una micro-historia que comparto con ustedes para reflexionar hoy:

Nochebuena

Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua. En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar.

Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo queda en orden, y en eso estaba cuando sintió que unos pasos lo seguían. Unos pasos de algodón; se volvió y descubrió que uno de los enfermitos le andaba atrás.

En la penumbra lo reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizá pedían permiso. Fernando se acercó y el niño lo rozó con la mano:

-Decile a… -susurró el niño-. Decile a alguien, que yo estoy aquí.

*Nada más que agregar