Cuelgo los championes

Sabía que este día iba a llegar. Y antes que “tarde”, preferí que sea “temprano”. Luego de casi 14 años de jugar básquetbol [13 de ellos en primera división], me retiro definitivamente. Si bien esta noticia es sólo de interés para mi equipo y para mis amigos cercanos, la hago pública porque hay tanto que quiero expresar.

Desde la pre-adolescencia este deporte me acompañó día tras día, mes tras mes, año tras año. La Molten o la Spalding simplemente se convirtieron en la prolongación de “mis manitos de seda” [gracias Gustavo Köhn]. Por tanto tiempo el polideportivo “ODD” fue un refugio, un escape, una bocanada de aire fresco frente al estrés y un ambiente hasta familiar.

Muchos se preguntarán ¿por qué retirarse ahora? Parece prematuro. Si bien me gustaría jugar hasta que ya no me den las piernas, soy de la filosofía de que un deportista debe retirarse en su mejor momento, no en su decadencia.

Hace unos cuantos años vengo arrastrando un ritmo de locos con los compromisos que tengo, saliendo a la mañana de casa y llegando a la noche -sin descanso-, con desgaste mental y físico de por medio. Son muchos sacrificios los que he hecho por continuar jugando, tratando de lograr un equilibrio con el resto de mis responsabilidades. Me ha funcionado, aunque ya estuve al borde del estrés en ciertas temporadas.

Es hora para mí de ir POR ALGO MÁS. A otros desafíos, a otras “canchas”, a pelear otros campeonatos llamados crecimiento profesional y perfeccionamiento académico.

Les confieso, me es surreal, pero llegó el momento de despedirme del básquetbol y del Olimpia.

Termino, cumplimiendo mi promesa a mi abuelo [el paraguayo y el que me hizo olimpista], de que nunca jugaría por otro club que no sea el Olimpia.

Termino, con la experiencia de que el básquetbol me subió a mi primer avión rumbo a Lima [Perú], haciéndome recorrer gran parte de Sudamérica años después.

Termino, con fotografías para el álbum de los recuerdos, cientos de recortes de diarios, DVDs, cassettes, revistas y anecdóticas entrevistas en radio.

Termino, con gran parte de mi introversión y timidez pulida por el deporte.

Termino, con la satisfacción de haber fusionado abrazos emotivos e inolvidables en medio de la cancha, con mi equipo, con amigos y familiares.

Termino, con una mochila llena de aprendizajes, los cuales atesoraré por el resto de mi vida. Más de uno estará de acuerdo conmigo: la disciplina que te da el deporte es única.

Termino, con la certeza de decir que, remunerada o no, siempre di lo mejor de mí. Noche tras noche llegué empapada de sudor a mi casa luego de los entrenamientos y los partidos.

Termino, luego de esta década y algo, con la amistad de entrenadores, preparadores físicos, kinesiólogos, jugadoras, padres y madres, árbitros, periodistas deportivos y espectadores.

Termino, con una cicatriz de 10 puntos en la rodilla a causa de una rotura de ligamento cruzado y menisco [me lesioné a los 17 años durante un partido], pero con uno de mis desafíos más difíciles superado.

Termino, con un entrenador a quien aprendí a apreciar, respetar, escuchar y a valorar. Un mentor que quitó lo mejor de mí en momentos difíciles, sobre todo cuando perdí la fe en mi talento; un amigo para sus jugadoras y un multicampeón.

Termino, con un equipo que fue una hermandad, 12 leonas que rompieron récords, cerraron la boca de los criticones, que hicieron trizas los pronósticos desalentadores [perdiendo 1 solo partido en casi 2 años] y con una unidad inquebrantable.

Termino, con el recuerdo de nuestro círculo, aquel donde las manos se ponían unas sobre otras y donde nuestras voces gritaban al unísono “¡¡¡¡DALE O!!!!”.

Termino, con el broche de oro de haber alzado tres copas [el Apertura, Clausura y Absoluto] de la temporada 2011.

Termino, siendo tricampeona y capitana con un equipo fantástico.

Termino mi carrera deportiva en mi mejor momento.

Termino, con un corazón que bombea agradecimiento a Dios.

Verán, siempre que se avanza, se debe dejar algo atrás. Y duele, y seguirá doliendo un tiempo prolongado. Pese a que mi retiro es  voluntario y a que nada me obliga a hacerlo, es una decisión difícil pero necesaria. Sólo el tiempo dirá si me equivoqué o no, mas prefiero pensar que mi tiempo llegó.

Me retiro sabiendo que se cierra un capítulo hermoso en mi vida, para dar paso a otros. “Traspaso la antorcha” a las nuevas generaciones. Sabía que este día iba a llegar, y cuelgo los championes diciendo:

MISIÓN CUMPLIDA.

El dedito siempre para arriba

Los virtuosos

Una razón más por la que creo en Dios y me río del Big Bang. Al observar a esa gente que domina tan naturalmente un arte o una técnica, no puedo más que maravillarme. Sólo pienso “Nació para esto”. Son dueños de un don|talento que la práctica no consigue ni el dinero compra. Es un regalo de nacimiento, uno que viene en la sangre.

Cuánta belleza y destreza se encuentran repartidas en el mundo. Cuánto virtuosismo. Hay quienes pasan años tratando de desarrollar una habilidad, otros en cuestión de segundos la dominan con una facilidad a-d-m-i-r-a-b-l-e. Son los virtuosos. Los que te motivan a aplaudir al Cielo.

Lastimosamente, varios de ellos se quedaron a mitad de camino y no alcanzaron su pleno potencial porque despreciaron la disciplina. Se creyeron sabelotodo, rehusaron “la partitura” y empezaron a mirar a los demás como inferiores.

Pero qué gran bendición sería que se fusionen el virtuosismo con la disciplina, la inspiración con la transpiración. Y, sobre todo, que ese talento sea usado para el bien.

Mozart y sus "garabatos"

 Escribiendo este post, pensé bastante en David Garret, un joven violinista de procedencia alemana, que me dejó impresionadísima. Tuve la oportunidad de ver por DVD su concierto. Casi me levanté de mi sofá a ovacionar.

Es que no puedo permanecer indiferente ante la belleza que Dios creó, eso me infunde un deleite hasta espiritual. Me fascina ver al que nació para pintar, para hablar, escribir, actuar, bailar, cantar, tallar, dibujar, enseñar y crear con gran dominio y naturalidad. Veo un rasgo de Dios en cada uno de ellos y me da piel de gallina de la emoción.

Ni amebas ni explosión. Ni azar ni evolución de monos. Los virtuosos me hacen amar aún más a ese Alguien que nos pensó con intencionalidad… y a cuya imagen y semejanza estamos hechos.

Ideas barnizadas

Sí, ideas barnizadas. Cuando pensamos que ya lo sabemos todo y no dejamos que una nueva idea nos traspase [somos resistentes a ella]. Nos preservamos tanto de la “atmósfera” circundante, que terminamos haciendo del orgullo un barniz que, después de seco, adquiere tanta dureza que ya nada lo puede traspasar.

Recibimos consejos pero hasta que no nos tropezamos múltiples veces con la misma piedra, parece que no aprendemos. Nos señalan un error, pero insistimos en nuestra conducta. “¿Ceder? No, gracias”, decimos. Nos autoconvencemos de que todos están equivocados o exagerando. Aunque nos tiren un balde de agua fría para que nos despertemos, estamos barnizados. Nada traspasa.

Comparto con ustedes un principio revelador que vi en la película “Soul Surfer”, historia verídica sobre la vida de Bethany Hamilton [surfista talentosa que perdió un brazo por el ataque de un tiburón], y es que:

Cuando atravesamos un conflicto a veces estamos “demasiado cerca” y con un zoom que no nos permite ver el cuadro en general.

Sin embargo, otros sí poseen esa perspectiva. Es allí cuando conviene escucharles y dejar de lado la brocha con barniz.

Hay que aprender a diferenciar cuándo ser pertinaces, intransigentes e irreducibles en nuestras posturas, y cuándo no. Es gracias a las personas sabias que nos rodean que logramos ver más allá de lo microscópico. Quien realmente procura tu bien no te adula, sino te resguarda de un perjuicio. No quiere ganar un concurso de popularidad contigo, quiere protegerte.

¿Duele que te digan la verdad? DUELE MUCHO. Pero una herida no se sana sin que alguien meta agua oxigenada y te limpie primero. En ese sentido, a veces me pregunto, ¿cuál posición es la más difícil? ¿Confrontar con la verdad o escuchar que te confronten con ella? Ambas aristas tienen sus incomodidades, pero el escuchar y tomar la copa amarga es lejos lo más difícil.

“Desbarnizarnos” depende de cada uno. No vendrá por obligación o por la fuerza. Es un renunciamiento voluntario a la terquedad, un ablandamiento del corazón, un chau a las excusas y una bienvenida a esa virtud poco practicada: el admitir que otros tienen la razón.

Entrecasa

Bajamos la guardia ni bien atravesamos la puerta de nuestras casas. Siendo casi el final de la jornada arrastramos los pies, abrimos la heladera y después nos derrumbamos en la cama o el sofá.  Para esa hora la lengua ya está cansada de hablar y los oídos de escuchar. Si es que tuvimos un mal día, lo sobrellevamos con estoicismo frente a todos, pero ni bien llegamos a casa nos soltamos y permitimos la vulnerabilidad.

Uy, si la familia pudiese escribir una biografía sobre nosotros.

Al fin y al cabo, esos somos. El auténtico “yo” reside en casa. Con el resto de nuestros círculos sociales no es que fingimos, pero definitivamente nos cuidamos más. Creo que para conocer realmente a una persona hay que preguntarle a su papá, a su mamá, a sus hermanos, a sus cónyuges. Ese puñado de gente fue y es testigo desde siempre. Conocen nuestra personalidad en pijamas, conocen la verdadera reacción, cuánto nos lastiman o nos alegran las situaciones. Conocen el esfuerzo diario. Por eso, los primeros en llorar con los grandes logros o las grandes decepciones son ellos. Por eso, los que encabezan la lista de agradecimientos y discursos, son ellos. Simplemente, SABEN MUCHO.

Apunte de aprendiz: cualquier cambio que procuremos para este 2012 a nivel personal, primero pensemos en “¿Y por casa cómo andamos?”. Algo me dice que toda transformación sostenible en el tiempo tiene su principal examen “entrecasa”.

Uy, si la familia pudiese escribir una biografía sobre nosotros.

Somos artesanía

Somos hechos artesanalmente, no producidos en serie. La idea de que Dios es un artesano y no un fabricante cambia toda ecuación. Efesios 2:10 dice que “somos hechura de Dios…”, somos una figura de barro moldeada por las manos del artesano del Universo.

Dios no nos hace en serie, cada persona es única, es original, tiene sus tiempos, sus formas, sus luchas, sus talentos, sus estilos de aprendizaje, sus gustos, sus temperamentos, sus debilidades, su historial, su árbol genealógico, en fin, su mochila individual. ¡Y qué reconfortante saber que no somos producto de una fábrica de la fe, sino de un taller artesanal de donde salen obras maestras irrepetibles!

Partiendo de ese principio, hay un dilema por superar: “producir gente en serie”. ¿Qué significa eso? Es querer imponer una talla universal de crecimiento. Es establecer una medida convencional, como en las fábricas, y procurar que todos aprendan, se desarrollen y reaccionen bajo el mismo molde, al mismo tiempo. Pero esa metodología sólo lleva a que calquemos la fe de otros y terminenos frustrándonos. En términos de crecimiento espiritual e incluso educacional, hay que acabar con eso de la “cadena de montaje”.

El Dios artesano ama el arte y la creatividad. Él imprime un sello personal a cada obra suya, a diferencia de los fabricantes, que lo producen todo en serie. El Dios artesano busca lo singular, lo extraordinario, y que cada uno sea la mejor versión de sí mismo.

El mensaje es éste: descubran la peculiaridad. ¿Acaso Jesús dio el mismo trato a todos? No. Él conocía a profundidad el temperamento, las debilidades y fortalezas de las personas. Sabía qué decirles y cómo, qué les entusiasmaba y qué no. Él desarrolló el máximo potencial en sus discípulos porque se tomó el tiempo de conocerlos. Augusto Roa Bastos dijo en una entrevista una vez: “Todos somos libros, solamente que nos faltan lectores”. Pregunto: ¿nos tomamos el tiempo suficiente de leer a las personas?

En palabras de John Ortberg a veces “somos como David tratando de caminar con la armadura de Saúl”.

Lo que funciona para unos, puede no aplicarse para todos. Hay quienes aprenden mejor mirando, otros escuchando, otros haciendo, otros hablando, otros en grupo, otros solos, otros a través de la imaginación. Algunos son introvertidos, otros extrovertidos. En conclusión, un plan de crecimiento sostenible implica más bien una arcilla maleable antes que la automaticidad de un botón. Somos artesanía, ¡y gloria a Dios por eso!

Morder la toalla

Tuve la oportunidad de escuchar entre un reducido grupo de 20 personas a Ramón “Moncho” Sabella, uno de los sobrevivientes del accidente de avión en Los Andes, en 1972 [¿recuerdan la película "Viven"?]

En varios momentos, Moncho mencionó que nuestro umbral de dolor se ensancha a medida que pasamos por pruebas difíciles, que ni nosotros sabemos que somos capaces de soportar.

“No puedo más”. Y podés.

“Estoy demasiado cansado”. Y seguís.

“No doy más”. Y das.

Eso me hizo acordar a una cordillera que mi familia tuvo que afrontar en 1999. Mi tía, una de las personas a quien más amo en la faz de la Tierra, tuvo un cáncer invasivo. El pronóstico era muy desalentador. El desafío: una cirugía complicada y numerosas sesiones de quimioterapia. Fueron meses y meses de lucha. Recuerdo que mamá se quedó con ella a dormir durante los días de internación. Hay cosas que simplemente no puedo describir, pero sé que mamá precisó de una fortaleza de fierro para sobrellevarlas.

Un día, estando en la habitación del sanatorio, mamá entró al baño a llorar, mordiendo la toalla para que sus gemidos no fuesen escuchados por tía. Era por la impotencia de ver así a su hermana, por el cansancio acumulado y porque, extrañamente, estábamos enfrentando el peor momento de todos… prácticamente solos. Allí, entre sollozos, trató de hilvanar una oración. Esa que todos hicimos alguna vez: “Dios, dame fuerzas, no puedo más”.

Moncho Sabella contó que una noticia muy devastadora durante los 72 días en las cordilleras, llegó cuando escucharon por radio que se había suspendido la búsqueda de sobrevivientes y que los daban por muertos. Más de uno habrá mordido su toalla.

Las malas noticias, las enfermedades y las tragedias, ensanchan nuestro umbral del dolor a dimensiones que ni nosotros creíamos posible. ¿Sobrevivir a un cáncer invasivo, a una cirugía riesgosa y enfrentar sesiones fuertes de quimioterapia hasta que literalmente no te quede un pelo? ¿Sobrevivir sin comida, sin agua y con un frío insoportable en medio de la nada?

Este es el siglo XXI, pero conozco numerosos gladiadores. Uno de ellos es Moncho, otras dos son mi tía y mi mamá.

Cuando más de uno hubiese tirado su toalla, ellos la mordieron.

Clamaron por fuerzas un día a la vez, una sesión a la vez, una cordillera a la vez.  Y esas fuerzas les fueron dadas.

Seamos esa Iglesia

Existe esta percepción de que para ser parte de la Iglesia primero hay que cumplir una serie de requisitos, como ordenar la vida, dejar malos hábitos, cumplir reglas, solucionar los problemas y, posteriormente, acercarse. Cuando, en realidad, a la Iglesia hay que aproximarse con la mayor sinceridad posible.

Jesús admiró a la mujer pecadora que derramó perfume a sus pies -con un corazón contrito y sincero-, y aborreció la actitud de los fariseos blanqueados por fuera pero podridos por dentro. En realidad la Iglesia -entendida como el cuerpo de Cristo y un grupo al cual pertenecer- es una comunidad para la sinceridad, no para disimular. Es una oportunidad para lavar la ropa, no para esconder las manchas. Es una terapia donde recibimos consuelo, no humillaciones.

Es un espacio de autenticidad, no de fingimiento. Es una luz radiante, y no un agujero negro. Es una gran familia, no un grupo de competidores ni de rivales. Es una esfera que propicia el perdón, no la condenación. Es una ayuda para la restauración, no un dedo acusador. Es un cuerpo que trabaja unido y coordinado, no cada miembro por su lado.

Es una colectividad que se corrige con mucho amor, no donde se hace vista gorda de los errores; es una comarca de aprendizaje, no de ignorancia; es donde todos saben que son salvos por gracia, no por méritos; donde uno sirve por agradecimiento, no por aplausos.

Pertenecer a la Iglesia es un entusiasmo, no una carga; es un sueño, no una pesadilla; es una fuente de energía, no de agotamiento; es una plataforma para desarrollar talentos, no para enterrarlos. Es una guía para la vida, no un desvío. Es un grupo de promesas cumplidas, no de falsas esperanzas. Es una bendición para las familias, no motivo de rencillas. Es una misión que implica sacrificios, no la solución a todos los problemas.

La Iglesia es donde nos estiman y nos esperan, no donde somos ignorados. Es donde hacemos el bien, no el mal; es donde se siembra, y no donde se desparrama. Es donde se honra a los padres, no donde se los irrespeta. Es una comunidad de auxilio, no de abandono. Es donde te levantan la cabeza, no donde te la bajan.

Es donde son forjados los valientes, no donde el temor aniquila. Es un espacio de superación, no de mediocridad. Es donde se vive lo que se predica, no donde se predica de lo que no se vive. Es donde se hace fiesta porque los hijos pródigos regresan, no un inventario de pecados antes de aceptarlos de vuelta. Es donde encontramos fortaleza de Dios, no del humano. Es donde descubrimos el sentido de la vida, no confusión.

Es un lugar donde son bienvenidas las preguntas; donde se disfruta de la libertad, no de la opresión; donde hay afecto, no aspereza; donde construimos anécdotas para el recuerdo, no para el olvido. Un lugar para batir récords, no para tocar techo; donde el huérfano encuentra familia, no donde se siente en soledad. Una comunidad donde se nace de nuevo, no donde se vive del pasado. Un desafío a creer, no a dudar. Un lugar de gozo, no de descontentos. Una comunidad que glorifica a Dios, no a los hombres. Un lugar medicinal, no tóxico. Un lugar de pastos delicados, no de estrés.

La Iglesia, donde somos regenerados, no degenerados; donde nuestra historia es la de pequeños principios y grandes finales, no la de la frustración. Allí donde encontramos hermanos para toda la vida, no enemigos; allí donde se piensa en el pobre y en el débil, no donde se los pasa por alto.

La Iglesia, esa donde la gracia sobreabunda, esa de la cual Jesús vive enamorado. ¿Queremos esa Iglesia? Seamos esa Iglesia.

Pequeños rituales

Todos tenemos pequeños rituales [costumbres de conexión] que se cuelan en nuestras relaciones interpersonales y, sin darnos cuenta, se convierten en su fuente de fortaleza y profundidad.

Leía lo siguiente sobre la larga amistad que compartieron dos hombres de 50 años: “Reíamos juntos, trabajábamos juntos, comíamos juntos. Creo que durante todos estos años hablábamos casi todos los días”.

Esos son los pequeños rituales. Un almuerzo juntos a la semana, un viaje al año, abrazos, apodos simpáticos, palmaditas en la espalda para animar, los viernes de crucigrama, los domingos de cocina en dupla, los miércoles de cine, y todas esas clases de gestos que ahorran amor en el banco y ganan intereses en el futuro.

Cuando empezamos a descuidar este aspecto algo nos falta, algo se debilita, algo tambalea. Como diría la banda Lifehouse “extraño todas las pequeñas cosas, nunca pensé que significarían todo para mí”.

A veces una buena relación es como el dinero, fácil de hacer pero difícil de mantener. Tengamos en cuenta que los pequeños rituales siempre deben ser voluntarios, no tenemos que ser arrastrados a ellos. Los escogemos. Y por otra parte, son informales, fluyen solos, no se convierten en “responsabilidades de agenda” sino en elecciones del corazón.

Si una relación interpersonal provoca más akârasy que momentos de felicidad, no durará mucho. La clave es disfrutar de la compañía, y luego extrañarla.

Friedship is like a life vaccine [la amistad es como una vacuna de vida]

Al fin y al cabo, esos pequeños rituales nos dan vida y nos colocan buenas etiquetas: Mejores. Más cercanos. Queridos. Tiernos. Fieles. Animados. Divertidos.

Buen fin de semana. Recuerden cuidar de sus pequeños rituales ;)

Ánimo

1

Ten ánimo.

Aunque hayan pasado años.

Aunque las puertas te han cerrado.

Ten ánimo.

Cuando tu esperanza ceda por los resultados.

Cuando veas todo nublado.

Ten ánimo.

Porque tu milagro está cercano.

Porque la fe montañas ha desplazado.

Porque el poder de Dios no se ha acabado.

“…decía dentro de sí: Si tocare solamente su manto, seré salva. Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado”, Mateo 9:21

2

Día a día decido entre lo volátil y lo macizo.

Entre la convicción y la emoción.

O persevero o me rindo.

Tu fuerza en mí será más fuerte que toda oposición.

Porque vendrán días difíciles en los que me sentiré desanimada.

Sé que el “tirar la toalla” será una opción atrayente y válida.

Entonces, brotará de mis labios la oración “Tu amor me sostendrá, mi Dios”

 “Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó”, Romanos 8:37

3

Todos estos años has estado a mi lado, mi compañía eres tú.

Como un padre que protege a su hija, me rodeas con tu luz.

Giro alrededor de ti, y siento que tu vida late en mí.

Todo lo bueno que tengo fue idea tuya, Señor.

Incluso el dolor que a veces siento me ayuda a depender de ti.

Si pregunto, tú respondes.

Si estoy ansiosa, tú me calmas.

Si lloro, me consuelas.

Si descanso, me contemplas.

Si no entiendo, me explicas.

Si yerro, me corriges.

Todo lo bueno que tengo fue idea tuya, Señor.

“Alabad a Jehová porque él es bueno; porque para siempre es su misericordia”, Salmos 118:29

4

Vivimos en un cuerpo, pero no somos nuestro cuerpo.

Lo externo es finito, pero el espíritu es eterno.

El espejo delata las arrugas y el desgaste a través del tiempo.

No importan los intentos para detener este proceso.

Lo de adentro, sin embargo, se rejuvenece a diario.

El reloj no es su enemigo, sino su más fiel aliado.

Las más hermosas criaturas son renovadas por el Dios cirujano.

“Engañosa es la gracia, y vana la hermosura; la mujer que teme a Jehová, ésa será alabada”, Proverbios 31:30

Gracias por recibirnos, Sur del país

Uno no se enamora de su país por libros de texto o por comentarios de terceros; uno tiene que verlo, sentirlo, olfatearlo, descubrirlo, admirarlo, mezclarse entre su gente, empolvarse de él. En resumidas cuentas, ser su testigo presencial.

Decidimos acortar distancias, sentir el palpitar de todo. Sencillamente, acercarnos los unos a los otros.

Fue así que con un grupo de jóvenes, llamado PROtagonistas, fuimos parte de un tour de 48 horas en bus rumbo al sur de Paraguay. ¿La consigna? Conocer emprendimientos que, a través del arte, el turismo y la empresa, desarrollan a la comunidad circundante.

Primer alfiler en el mapa: la tierra de los irreductibles, Tañarandy [San Ignacio, Misiones]. Allí, Koki Ruíz nos abrió las puertas de su casa del corazón: el Teatro El Molino. Koki es un orgullo nacional, Artista con A mayúscula, que teniendo la oportunidad de vivir en París o New York eligió su amado San Ignacio para a través del arte desarrollar su comunidad; el principal responsable de que Paraguay -a través de Tañarandy- sea la tercera experiencia obligatoria en Semana Santa.

Allí estábamos nosotros, en las primeras filas del teatro, listos para escuchar de su boca un mensaje. Extrañamente, él mismo fue el mensaje. Su templanza, su humildad, su pausado hablar, su tranquilidad, su sabiduría y su paz nos mantuvieron fascinados a todos. Él, sentado en su butaquita, empezó a hablar sobre su niñez, sobre los hitos de su vida; luego nos dio una verdadera cátedra sobre historia paraguaya, cultura de los guaraníes, arte barroco, fe, y sobre cómo apasionarse por lo que uno hace. Hasta nos habló de lo que se siente el techaga’u, y cómo nada se compara con desgastarte por el bien común de tu país. Memorable.

Terminada la charla, a escasos kilómetros de allí, paramos para almorzar. En PROtagonistas creemos que la comida = amor. Hay nexos y vínculos que se fortalecen con los demás cuando compartimos un debate, comida de por medio. Es inexplicable.

Luego de la pancita llena y el corazón contento, pasamos al segundo alfiler del mapa: la plaza principal de San Ignacio. El desafío fue realizar charlas socráticas con las personas [y perder la timidez en el proceso]. La idea era preguntar y preguntar hasta “dar a luz” la verdad en los demás. Creo que Sócrates se hubiese revolcado en su tumba si nos escuchaba, jaja, pero logramos el objetivo de acercarnos, interesarnos por los demás y escuchar sus historias. No hubo rótulo de “soy de la capital” o “soy un outsider“, sino de “somos compatriotas”.

Siguiente alfiler del mapa: Misión Jesuítica de la Santísima Trinidad [más conocida como "Las Ruinas", mote que quieren erradicar], a escasos kilómetros de Encarnación. El sol y la temperatura ideal que nos acompañaron durante el día, dieron paso a la luna llena y al fresquito de la noche. Llegamos a tiempo para disfrutar del show de luces y sonido.

Entramos en grupo, con una guía excepcional, que nos relataba la historia detrás de las “ruinas”, que refrescaba nuestra mente con detalles vívidos e interesantes sobre la convivencia entre jesuitas y guaraníes. Recorrer este lugar tan histórico, con música barroca y sonidos ancestrales de fondo, fue una experiencia única. Si bien el paso de 400 años y el descuido provocaron destrozos y pérdidas en la Misión Jesuítica, pudimos completar “techos”, “paredes” y “recovecos” en nuestra imaginación.

De allí nos llevamos varios aprendizajes. Entre ellos, contamos con guías turísticos de primer nivel [jóvenes]; hay que rescatar nuestra historia y cuidar nuestras huellas, porque tienen mucho que decirnos; viajemos más al interior del país y conozcámonos. Y, por supuesto, la declaración de nuestra guía al despedirse de nosotros: “Acuérdense de que en Asunción no termina todo. En el interior del país hay jóvenes que les pueden sorprender”. Un akâpete para todos. País hacemos de Norte a Sur, de Este a Oeste.

Next alfiler del mapa: Hotel Papillón. Emblemático y remodelado. Para esa altura ya estábamos más cansados que la partera de los 101 dálmatas, pero no íbamos a dormir sin antes disfrutar de una cena deliciosa y del mini-concierto de un cuarteto de guitarras.

El bus estaba presto para salir a las 8.00AM nuevamente. Café aquí, tostada allá, y nos embarcamos rumbo al próximo alfiler en el mapa: Kressburgo, ubicado en el distrito de C.A. López [Itapúa].

Kressburgo es prácticamente una ciudad, pertenece al Grupo Kress, conocidos por sus jugos Frutika®. Visitamos la fábrica, las plantaciones y las oficinas. Impresionante. Sumado a eso, tuvimos el privilegio de ser atendidos por su directiva, Cristina Kress. La persona al frente de todo esto. “Tremenda responsabilidad”, es lo que te pasa por la mente. ¿Y saben qué? Ella tiene 23 años.

Su papá fue quien empezó el sueño, hasta que falleció. Su mamá lo potenció y desde hace tres años, como gran heredera, ella está llevando al Grupo Kress a un nuevo nivel de crecimiento, y en el proceso da trabajo a los pequeños productores aledaños y trae progreso a su comunidad.

Hacer el recorrido de toda la propiedad era casi imposible en el tiempo que teníamos, sólo alcanzamos a ver atisbos del emprendimiento, con Cristina como “guía turística” al frente del bus. Su humildad, su gracia y su capacidad nos sorprendieron.

Llegado el mediodía, compartimos un asado. Las preguntas no paraban de llegar y Cristina, con paciencia, nos respondía cada una de ellas, sonrisa de por medio. Algunos aprendizajes: honrar el legado del trabajo de nuestros padres, creer en el país, arriesgarnos, emprender a corta edad, el dinero no lo es todo, ver los problemas como oportunidades, valorar a la familia, ser diligentes, capacitarnos, trabajar en equipo.

Las horas pasaron rápido, el próximo alfiler del mapa nos esperaba: Encarnación. Así fue que, subimos al bus -abastecidos de varios jugos- y continuamos. Pero, todo viaje esconde sorpresas e imprevistos. Estando casi a mitad de camino, el itinerario fue cambiado. Íbamos a dirigirnos a San Ignacio de vuelta. Koki Ruíz, el artista del primer alfiler, nos había invitado a todos los PROtagonistas a disfrutar de una obra de teatro negro llamada “Qué bella noche”.

Esto fue lo más sorprendente. La directora era su joven hija, Macarena Ruíz. Logramos llegar 10 minutos antes del comienzo. Desde la “Bella Notte”, la luciérnaga enamorada de una estrella, hasta el “Oh Happy Day!”, desde el baile de las africanas hasta el “When the Saints Go Marching in”; desde la habanera hasta el “New York, New York” de Liza Minelli; desde el “Cascanueces” de Tchaikovsky hasta el baile chino, árabe y ruso… todo fue fantástico. Creatividad, juventud y talento.

Este tipo de teatro juega con las luces negras y los vestuarios coloridos, lo que no te permite ver caras y muchos detalles. La obra terminó con un can can y con luces “normales” que revelaron ante nuestros ojos al elenco jovencísimo. Todos fuimos parte de la ovación. Aprendizaje: jóvenes artistas, los necesitamos. ¿Quién mejor que ustedes para tocarnos el alma y para inspirarnos como pueblo?

Eran las 9.30PM. Asunción y las responsabilidades nos llamaban de vuelta. Fin del tour. El par de horas que teníamos en el bus lo aprovechamos para tertuliar, para hablar de nuestra resonancia, del eco que hizo en nosotros el viaje. Surgieron agradecimientos, valoraciones, impresiones, moralejas y hasta subastas [chiste interno].

Retornamos embarazados de un sueño. “¿Cuál es el sueño?”, me preguntarán. Bueno, tengo una compañera en el grupo PROtagonistas, a quien valoro muchísimo y que cada día me sorprende más. Su nombre es Linda Vera [18]. Lean lo que escribió con respecto a este viaje, sobre todo, teniendo en cuenta su edad:

“Me llevo la fortaleza de darme cuenta una vez más que como paraguayos y paraguayas sólo nos hace falta creer en nosotros mismos, identificar potencial donde nos dicen que no hay; generar compromiso alrededor de una idea, fomentar la participación de todos, involucrar, sumar, animar y entregar nuestro trabajo con amor hacia los demás con compromiso, trabajo y fe, fe en lo que uno cree, fe en quienes nos acompañan y fe ¡en algo más grande que nosotros!”

“Aquí nos ven como un país corrupto, con desigualdad social, con baja calidad en la educación, con crisis políticas, con democracia débil y con tanta atmósfera negativa. EN EL SUR hay personas que creen que son PROTAGONISTAS de su realidad y de la transformación de ella”.

“Este viaje inspira la idea de seguir creyendo en nosotros mismos y darnos cuenta de que EL PARAGUAY en verdad es el secreto mejor guardado de América Latina, aquí todo está por hacerse, depende de nosotros sumar, y llevar allá donde ya no crean en nuestros tres colores, la esperanza de que ¡¡sí se puede!!”.

“Estoy agradecida por tantas atenciones y por mostramos ese país que a veces pensamos que no existe, la hierba crece de noche… ¡¡el Paraguay se levanta!! Sigamos creyendo PROTAGONISTAS”.

¡Gracias por recibirnos, Sur del país!

PD: créditos de las fotos a Octa y Robert.